Esperando a la próxima náusea

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEstaba yo intentando deshacerme a base de Profidén del regusto ácido que deja el vómito después de escuchar la penúltima incursión en la fonoteca del contratista y corrupto confeso Enrique Ortiz, en la que ordena a un empleado que habilite un puesto de trabajo para una chica de la que se ha encaprichado y que endose su sueldo a las arcas públicas. ¿O me disponía a bajar la tapa del inodoro tras echar los higadillos a resultas de la alocución del portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, a los catecúmenos de Nuevas Generaciones en la que exigió con su habitual tono insultante y chulesco a los jubilados que se manifestaran para agradecer al Gobierno la subida de las pensiones? ¿O estaba, tal vez, devolviendo todo lo ingerido en las horas previas a consecuencia del vídeo en el que se ve a la expresidenta madrileña Cristina Cifuentes devolviendo, también, el par de tubos de crema rejuvenecedora que había sustraído en unos grandes almacenes? Ignoro si la basca me asaltó por el hurto cometido por una política acosada por el escándalo del máster, por el escándalo del inverosímil máster en sí mismo, por la técnica mafiosa utilizada para acelerar la caída de la todavía diputada de la Asamblea («La quiero fuera antes de las 12», dicen que dijo Rajoy), porque siga manteniendo el escaño en el Parlamento autonómico o por las pintorescas razones esgrimidas para justificar lo injustificable.

El caso es que el arriba firmante estaba regurgitando como todas las mañanas dentro del ritual de las abluciones cuando la radio le puso en bandeja al senador popular valenciano –repitamos: senador; e insistamos: valenciano y popular– Pedro Agramunt, uno de esos especímenes que han convertido la política en su profesión y su profesión en un lodazal, al que el Consejo de Europa le pide la dimisión por, presuntamente, aceptar sobornos de Azerbaiyán para maquillar su imagen que incluían trato carnal con prostitutas. Y en la cremallera de la bragueta andaba enredado el venerable anciano cuando se le escapó, en respuesta a la entrevistadora y en plan desmentido irrefutable, que qué más quisiera él que poder seguir haciendo uso de sus atributos de macho. Con lo cual, oiga, la arcada se convirtió en rugido y el lavabo en una pecera en la que sobrenadaba la lechuga de la noche anterior y un par de pistachos mal digeridos.

Al borde de la deshidratación se encontraba el que esto escribe por culpa de las vomitonas que provoca el acontecer diario cuando se conoció la sentencia de la Sección Segunda de la Audiencia provincial de Navarra contra los cinco acusados de violar a una joven durante los sanfermines de 2016. Como si me metieran los dedos en el gaznate, oiga, recibí el fallo –o mejor, el error– de sus señorías. Amparándose en vericuetos tan incomprensibles para el común de los mortales como atentatorios contra el sentido común general y contradictorios incluso para muchos experimentados penalistas, el tribunal condenaba a La manada a penas irrisorias habida cuenta del tormento que tuvo que soportar su víctima. Y vomitando tan ricamente me hallaba de nuevo cuando se supo que uno de los magistrados pidió en su voto particular la libre absolución al entender que no hubo violación ni abuso y concluir, poco más o menos, que se trató de una orgía libérrima entre guarrillos. Como ya no quedaba otra cosa que bilis amarilla para verter, eso fue lo que salió con mi última arcada para mezclarse con la que destilaban las manifestaciones que a renglón seguido se sucedieron por todo el país en señal de protesta.

O sea que aquí estamos. Con el Primperán en una mano y la palangana en la otra. Componiendo un retrato de época que puede que en el futuro pase a engrosar los fondos de algún museo dedicado al surrealismo. Aguardando la próxima náusea, se podría titular el cuadro.

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