Más mentiras entre chorizos y morcillas

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoRajoy no es Rajoy sino la caricatura de sí mismo que el líder popular ha ido dibujando con la precisión de un delineante a lo largo de su vida pública. El presidente del Gobierno es, como el monstruo de Frankenstein, la suma de sus partes. Y las partes que suman el todo forman una compota de mentiras, medias verdades, bulos, trolas, errores, pufos y lapsus. Las meteduras de pata del arrendatario de la Moncloa se cuentan por docenas. Su capacidad para hacer el ridículo tanto en los más deslumbrantes foros del ámbito internacional como en los más humildes actos del panorama doméstico es imbatible. Dada su evidente propensión a la reincidencia y su demostrado desinterés en enmendarse no queda otra que admitir que le gusta el camino de ida y vuelta, entre el insulto a la inteligencia ajena y la insolvencia propia, en el que bracea a diario con mayor agilidad que la que exhibe en sus agónicas caminatas por los senderos de la historia, siempre a un tiro de piedra del fotógrafo apostado en el próximo recodo para inmortalizar el derrape.

A Rajoy se le podría calificar de sandio sin temor a incurrir en la falta de respeto que debemos a todo ser humano, incluido un presidente tan estrafalario como este. El término es meramente descriptivo y se ajusta a su personalidad como un regüeldo a la garganta de Rafael Hernando. Pronúnciese en voz alta tras una rápida consulta al diccionario e inmediatamente aparecerá en el inconsciente la cara del jefe del Ejecutivo. Eso sí, es un sandio encubierto que no duda en recurrir al embuste más descarado con tal de conseguir sus propósitos. Y la mentira, consustancial a todo político que se precie, es una obra de arte abstracto en su boca. Una forma de corrupción como otra cualquiera porque implica estafa y malversación e incide negativamente en la confianza de los ciudadanos en las instituciones que les representan. Con Rajoy hay que decir, sin embargo, que a estas alturas de su trayectoria no se sabe muy bien si los atentados que perpetra a diario contra la verdad tienen su origen en el vicio o en el despiste.

Lo primero sería la categoría y lo segundo la anécdota. Mentía cuando garantizaba que el Estado recuperaría hasta el último céntimo del dinero entregado para rescatar a la banca delincuente en los años más duros de la crisis y volvía a hacerlo recientemente cuando aseguraba que no había fondos, ni fórmula mágica para obtenerlos, con los que engordar las pensiones hasta que las movilizaciones y el chasquido de los dedos de un PNV imprescindible presupuestariamente hablando, cuyos paisanos se han convertido en la punta de lanza de la revolución gris, hicieron salir al conejo de la chistera. Ejemplos de mentiras cuya gravedad no ha sido impedimento para que su autor siguiera cultivando el hábito en connivencia con Ciudadanos y con la aquiescencia tácita de una izquierda desconcertada y desconcertante, haylos a mansalva. Basta con repasar las hemerotecas, las audiotecas y las videotecas para formarse una idea del desalentador conjunto.

Pero es en las distancias cortas y en las mentirijillas aparentemente –pero sólo en apariencia– inocuas donde Rajoy emerge en todo su patético esplendor. Así lo volvió a ratificar hace unos días. Posiblemente huyendo de la sarta de chorizos de Madrid en la que él es el marchamo, recaló en Burgos para degustar sus universalmente conocidas morcillas. Entre sustanciosos embutidos andaba el reputado escapista cuando le vino al magín una de esas frases que le han aupado a la élite del frikismo mundial. Embebido en el primor catedralicio y alejado del pavoroso espectáculo que estaba ofrecido su partido en el acto institucional organizado con motivo del Dos de Mayo, con la ausencia de sus últimos cuatro presidentes autonómicos por motivos de sobra conocidos y con las dos mujeres fuertes de la formación conservadora haciendo impúdica ostentación de que no se pueden ver ni en pintura, el jefe se puso lírico y cumplió las expectativas de los más exigentes. Estaba glosando la actividad política como una «cosa bonita» en ocasiones como la que le había llevado a la ciudad castellanoleonesa cuando le dio el siroco: «otras no lo son tanto y no me acuerdo de ninguna», dijo tan campechano como siempre para provocar como nunca la sonrisa de una concurrencia pelota que le aplaudiría aunque balara como una oveja. La carcajada de los más incondicionales del humor absurdo se fundió con el hastío de quienes están hasta un poco más arriba de donde usted está pensando de la falta de calidad de un político incapaz de culminar una simple frase sin que aparezca el estrambote.

Refrescarle la memoria con la enumeración por orden alfabético de los escándalos de corrupción que le rodean empieza a ser ya un deber cívico o una obra de caridad que él, en su infinita generosidad, agradecerá con una nueva cuenta a ensartar en el rosario.

PD. En Alicante, adonde acudió el sábado para rubricar con su presencia la recuperación de la Alcaldía para el PP, a Rajoy se le olvidó el nombre del nuevo alcalde. Los asistentes, incluido el propio Luis Barcala, se rompieron las manos aplaudiendo la nueva pifia. Una más de un señor con barba que cada vez es más sólo eso: un señor con barba. ¿Cómo aprobaría este hombre las oposiciones a registrador de la propiedad? ¿Como Cristina Cifuentes su máster?

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