Para cortes de mangas los del Consejo de Ministros

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoAl igual que tres de los siete sacramentos de la Iglesia Católica imprimen carácter a su grey, las formas más groseras de ofender al contrario marcan como un tatuaje a los encargados presentes y pasados de pastorear al rebaño del PP. Si el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal son el sello más característico de la comunión entre quienes disfrutan de esa gracia y su Sumo Hacedor, el corte de mangas, la peineta y la butifarra, son tres expresiones distintas, pero sin gracia alguna, para un solo fin verdadero: mandar al hereje a tomar por donde amargan los pepinos. La secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, se reprimió en Alicante durante la visita llevada a cabo por Mariano Rajoy para bendecir el ascenso a los cielos consistoriales de Luis Barcala y formuló en voz no lo suficientemente baja para resultar impermeable a la sensibilidad de los micrófonos un deseo que antes fue orden gestual en el expresidente Aznar y en el extesorero Luis Bárcenas.

Tenía ganas la rapsoda de hacer «un corte de mangas de cojones» a las docenas de manifestantes de diferentes colectivos, entre ellos los pensionistas, que protestaban en la plaza pública. Sin embargo, prefirió recurrir a la oferta dos en uno y tal vez en memoria de la exdiputada nacional Andrea Fabra alargó la frase y relajó el codo. Con lo cual su «pues os jodéis» sonó como el eco de aquel célebre «que se jodan» promulgado por la hija del delincuente expresidente de la Diputación de Castellón en el sanctasanctórum de la soberanía popular durante el crispado debate que oficializó los más severos recortes sociales acaecidos desde el inicio de la transición.

El que puede que se quedara con las ganas de sacar el dedo corazón a pasear en esta nueva antología del disparate fue el anfitrión. Con amigos así para qué quiero tripartito, debió pensar Barcala después de que la escatológica responsable de la Comunicación monclovita le amargara la fiesta acaparando todo el protagonismo y de que su propio jefe supremo olvidara, en uno de sus habituales lapsus, el nombre de la persona que había venido a ungir justo antes de pedirle ejemplaridad en las horas previas al comienzo del juicio contra el exalcalde de la ciudad Luis Díaz Alperi por un presunto delito fiscal. Oportuno el hombre en la exigencia. Y eficaz en el chascarrillo. Con semejante alarde de despropósitos que ha puesto de nuevo a la urbe al servicio de la chanza no es difícil imaginar al regidor alicantino cabizbajo y meditabundo ahogando las penas en orujo al llegar a casa.

La resaca subsiguiente tuvo que combatirla el lunes reuniéndose con los damnificados para desmarcarse de la lenguaraz alto cargo del Gobierno, quien había pedido en la Cope el perdón de su pecado sin cumplir la penitencia de la dimisión a la que obliga el ritual del arrepentimiento para que sea considerado sincero. Los contertulios, fieles observantes de la tercera de las tres virtudes teologales cuando conviene, la absolvieron con un par de avemarías entre grandes muestras de cariño y consideración. Fue, decían en plan pliego de descargos, una travesura privada cuyo impacto social se les antojaba desmesurado. Y echaron pelillos a la mar. Pues no haberla escuchado, cacho masoquistas, les faltó concluir aun a sabiendas de que la afrenta no deja de serlo porque se susurre al amparo de la cómoda intimidad.

Martínez Castro evitó el gesto de desprecio, pero no porque sea una refinada profesional como quedó demostrado en apenas quince palabras, no. Si se sujetó el brazo para que no se le desmandara fue porque ella, como el partido al que sirve, conoce al dedillo que los cortes de mangas, las butifarras y las peinetas realmente efectivas, las que sirven para hacerle saber a uno con quién se juega los cuartos, son las que aparecen publicadas en el BOE, las que se deciden en el Consejo de Ministros y las que se cuecen en forma de promesas electorales o en función de coyunturas concretas a sabiendas de que no hay intención de cumplirlas. Esas son las que duelen porque asignan al destinatario la condición de tonto del culo. Y las que joden a muchos en beneficio de unos pocos. Las otras, teatro, puro teatro. Distraen, enervan y revelan mala educación. Pero poco más.

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