Zaplana, el otro yonqui del dinero

PEPE LÓPEZ

José López MarínHay realidades que parecen condenadas a no emerger nunca. Otras, son instantáneas. Zaplana ha vivido las dos caras de esta cruel moneda. Toda la vida bailando al borde del precipicio pero sin llegar a caer nunca en él, para que, de repente y sin previo aviso, Wikipedia haya hecho más justicia al personaje en apenas unas horas que todo un Estado de Derecho con su cohorte de policías, guardias civiles y jueces en 25 años. Pasen y vean.

Y es que el que fuera rey de reyes en la Comunidad Valenciana en los noventa y mano derecha de Aznar y Rajoy a principios de siglo, seguía, pese a todas las evidencias, que eran muchas, pavoneando su suerte por los centros donde el Poder se escribe con mayúsculas y se ejercita con mano de hierro. Mientras todo, o casi, se desmoronaba a su alrededor, él, Zaplana, seguía sacudiéndose las escasas motas de polvo que caían sobre sus siempre impolutos trajes como de Armani. Eso, hasta ahora. Hasta el pasado martes exactamente.

Y es que sucede que si hoy preguntáramos en la calle, o hasta en la propia universidad, a gente y estudiantes menores de 25 años, quién es Eduardo Zaplana, es posible que pocos, muy pocos, sepan de qué y de quién les hablamos. Y que lo poco que acierten a decirte sean cuatro vaguedades y generalidades sobre el personaje. Y es muy posible también que pocos, muy pocos, acertarán a describir que este hombre fue el gran mago que convirtió la Comunidad Valenciana en tierra de oportunidades (eso sí, solo para unos pocos); que él fue el mago que enseñó el camino fácil del dinero y el negocio sin preguntar nunca cuál era su origen y procedencia. En eso, reconozcámoslo, tuvo discípulos muy aventajados. Ahí está por poner solo un ejemplo, encarcelado por corrupción, quien fuera alcalde de Torrevieja, Pedro Ángel Hernández Mateo.

Esa era muy posiblemente su gran baza, la de Zaplana. Encaramado a su ego y a su buena estrella, siempre esperó que el olvido y las desmemorias de quienes sufrieron sus políticas fueran su mejor aliado. Y casi lo logra. Que la Guardia Civil que lo ha detenido ahora y el juez que lo envió a prisión incondicional y sin fianza acusado de cohecho, prevaricación, malversación y blanqueo de capitales por sus (presuntas, claro) mordidas por la privatización de las ITV, por los planes eólicos..., es, parece, solo la punta de un iceberg que esconde mucho más que muestra.

Como tampoco parece casualidad que los agentes de la Benemérita hayan bautizado la operación que ha permitido hallar el hilo de la madeja mejor guardada con el sobrenombre de «El Erial». Es, solo, o así lo parece, una jugada macabra del destino. De aquella apariencia de oasis, tantas y tantas veces proclamada, a este desierto de oportunidades y miseria moral y económica que supuso su herencia y testamento.

«Estoy en política para forrarme»

De Eduardo Zaplana se pueden decir muchas cosas, pero sobre todas ellas hay posiblemente una que es más cierta que las demás: que nunca engañó a nadie. Él era un abogado en ciernes que avistó pronto que la profesión de picapleitos de provincias no era lo suyo y por eso debió ser que apostó todo a una carta: aterrizar en la política a través de UCD y más tarde en el PP. Pero, sobre todo, que tenía una misión: hacerse rico. Sea cierta o apócrifa esa expresión de juventud («Estoy en política para forrarme»), que él siempre negó, pero que casi todos la dieron por cierta y que le ha perseguido como una sombra pegada al cuerpo, es claro, y a la luz de lo que se suponía y que ahora se va sabiendo en sede judicial, que a ello se dedicó con esmero y fruición. En eso, ya digo, pocas sorpresas.

Siempre ha llamado la atención su alto tren de vida (pisos aquí y allá) pero, sobre todo, lo que más hacía sospechar es que las piezas de ajedrez que defendieron su reinado con uñas y dientes iban cayendo, una tras otra, sin que a él pareciera afectarle en los más mínimo. Reinas, alfiles, torres y peones de aquel infernal ajedrez iban añadiendo condenas y años de cárcel a sus otrora brillantes carreras y currículum, golpeadas siempre por la fuerza de la gravedad de la corrupción.

Así, hemos visto como, una tras otra y a lo largo de los años, han ido cayendo la mayoría de las piezas de las que se rodeó, de aquella particular guardia de corps. Ya saben, y solo por citar algunos de los más sonados casos: cayó Rafael Blasco y su tendencia enfermiza a venderse al mejor postor; cayó Carlos Fabra y su caciquil manera de entender la política; y a punto de caer o en trance están los José Joaquín Ripoll, Luis Díaz Alperi, Alfonso Rus y un largo, larguísimo, etcétera.

Pero él, Zaplana, seguía ahí. Enhiesto. Apuesto. Hecho un figurín. Desafiante. Abriendo puertas e influencias, girando todas las puertas giratorias (Telefonica, Logista...) tras las que guarecerse. Parecía que nada, ni nadie, se lo iban a impedir. Haber estado en política y, sobre todo, hacerse rico, era para el universo Zaplana como la cosa más natural del mundo.

Ahora, caído en desgracia el rey de reyes, ahora que la UCO (Unidad Central Operativa) de la Guardia Civil parece haber dado jaque mate a la pieza principal del vetusto tablero valenciano, y ahora que se avista el final no previsto en el guion escrito entonces del porqué y el cómo se levantaron aquí tantas terras míticas y tantas ciudades de luz opaca, ahora todos dicen que su caída, la de Zaplana, era lo normal. Lo previsible. Pero lo dicen ahora, no antes. Era esperable, señalan –ahora sí– sus otrora biógrafos y conmilitones de las bondades y defensores de mil batallas y desenfreno nunca jamás vistas en reino alguno. ¿Cobardía? Puede, pero no solo. Posiblemente algo peor. Dejémoslo ahí.

Algunos de los que le adularon hasta anteayer como quien dice, muchos de los que hicieron posible su imagen de hombre inmaculado, se atreven a decir, hoy –no ayer, ni anteayer– que siempre fue el rey desnudo. Que lo sucedido tenía que pasar. Pero son los mismos que hasta anteayer como quien dice besaban sus pies, le extendían alfombras para que sus zapatos nunca alcanzasen a tocar el polvo y el barro que ya había ensuciado toda su obra.

Como Moisés, Zaplana caminó siempre por encima de las aguas putrefactas que él tanto empeño puso en edificar. Ladrillo a ladrillo, recalificación a recalificación, privatización a privatización, una auténtica operación de relojería suiza que nos permitió –bueno, les permitió a ellos– decir que éramos ejemplo en medio mundo. Tanto que parecía cierto y una verdad incuestionable que Zaplana, como el rey Moisés, era portador de las Tablas de la Ley y siempre parecía surfear y levitar por encima de esas corruptas y putrefactas aguas de la corrupción que han rodeado su figura sin que hasta ahora manchasen siquiera las telas de las impolutas telas que gastaba.

Robar, de eso hablamos

Porque Zaplana, otra cosa no, pero siempre fue un dandi metido a político. ¿Que quería forrarse aunque nunca lo dijera así? ¿Y qué? Ya lo dijo Marcos Benavent, el yonqui del dinero, el cobrador confeso de las mordidas de otros y que, ahora en el papel cinematográfico de arrepentido, parece estar detrás de esta caída a los infiernos y al fondo de las aguas donde habitan los tiburones y las extrañas criaturas marinas que lo devoran todo: «Todos lo hacían, era como una droga» (Benavent dixit). Robar, de eso hablamos aquí. Pero, ojo, de robar a los pobres para dárselo a los ricos. La versión tan castiza y tan nuestra del perverso Robin Hood que habita entre nosotros.

Y otra certeza, no menos relevante. Que un puñado de personas le dieran gritos de ánimo y apoyo cuando salía escoltado por la Guardia Civil del registro de su domicilio en Valencia es señal clara y evidente de que lo que pasó –lo de la tierra de las oportunidades para unos pocos y el saqueo de las arcas públicas de todos– podría volver a pasar a poco que nos despistemos. La semilla está plantada. Oculta, pero bien enraizada.
¿Y si no cómo explicamos que este hombre –Zaplana– haya seguido dando lecciones de buen gobierno, de ejemplaridad, de clarividencia, con el apoyo entusiasta empresarial, institucional y personal de muchos de los muchos que hoy reniegan de él (al PP casi le ha faltado tiempo para anunciar que le ha expulsado del partido)? Imagina uno sin esfuerzo la larga cola de gentes que andarán estos días atareados borrando fotos y recuerdos de su memoria y de los discos duros por si acaso.

Esa es, muy posiblemente, otra certeza. Como también podría serlo que el final de este chusco capítulo de corrupción y saqueo no esté aún perfilado. Con la caída de Zaplana solo estamos avanzando en el guión de otra –una más– versión berlanguiana del ser valenciano.

De momento, eso sí, la única certeza, esta sí inmutable, es la que, más de veinte años después de todo aquello, aparece negro sobre blanco reflejada en la biblia de nuestros tiempos –Wikipedia– y escrita a escasas horas de conocerse su detención el pasado martes.

Pongan en Google Eduardo Zaplana y Wikipedia y lo verán con sus propios ojos. Son apenas 24 palabras. Y dice así: «(Eduardo Zaplana) Fue detenido el 22 de mayo de 2018, acusado de blanqueo de capitales y cohecho. Telefónica suspendió su relación laboral tras conocerse este hecho». Para muchos debe ser mucho más de lo que esperaban hace apenas unos días. Una especie de justicia universal. Y está a un solo golpe de clic.

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