El PP se sitúa más allá de la incoherencia

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDecididamente, lo del PP no es incoherencia. Lo cual ya sería de por sí un pecado mortal. Lo del PP y, por lógica extensión, lo del Gobierno que en él se sustenta, es mucho más grave. Algunas pistas nos venía dando Rajoy desde que accedió a la Moncloa hace poco menos de siete años. E incluso antes. Pero a partir de la decisión del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, de llevar una moción de censura al Congreso para echarle de la Presidencia una vez que los jueces de la Audiencia Nacional corroboraron la existencia de la «caja b» en la sede de Génova y en otras cuevas de Alí Babá periféricas que nutrían tanto los bolsillos particulares como la dinámica orgánica y electoral de la formación conservadora, sus cuadros dirigentes han dado un paso al frente para confirmar que nos encontramos ante una enfermiza mezcla de soberbia, despropósitos, desvergüenza, chulería, desconexión de la realidad y desprecio a la inteligencia del ciudadano de imposible digestión.

Los populares han pasado del shock de la sentencia al ataque más desaforado, además de patético, contra el sentido común para demostrar que su perfil actual, aunque sometido a un tratamiento antiarrugas con crema robada en el Eroski, es genéticamente idéntico al que consideran superado. En su alocada cabalgada hacia el más espantoso de los ridículos, estos prohombres y promujeres se pasan de frenada y donde veían lealtad institucional y sensatez por parte de los socialistas en el refrendo a la acción gubernamental respecto al mantenimiento del artículo 155 de la Constitución en Cataluña mientras Ciudadanos amenazaba con hacer mutis por el foro, ahora solo aciertan a atisbar traición a la patria y entreguismo a la causa separatista a cambio de un plato de lentejas.

Lo dice el sufrido coordinador general Fernando Martínez-Maíllo, según el cual Sánchez, «el Judas de la política española», busca el aval «de los herederos del terrorismo». Lo acentúa esa lumbrera académica que es el vicesecretario de Comunicación Pablo Casado cuando sentencia que «no se puede poner a España en manos de independentistas y batasunos y que los españoles se conviertan en rehenes de Puigdemont y de Otegi». Lo borda la secretaria general y ministra de Defensa, Dolores Cospedal, al desautorizar la sentencia del caso Gürtel tras lustros escuchando al coro cantar alabanzas sobre el respeto a los fallos judiciales y el acatamiento de sus resoluciones, consecuencia lógica, por lo demás, de los ataques a las fuerzas y cuerpos de seguridad que investigan a la «organización criminal» cuando las pesquisas no se ajustan a sus deseos. Y lo eleva a cotas supremas el portavoz mejor peinado de la historia, Íñigo Méndez de Vigo, con su alerta sobre el intento de Sánchez de querer formar un «Gobierno Frankenstein», o sea, con un trozo de aquí y otro de allí, obviando el hecho de que los Presupuestos Generales han salido adelante con la inestimable ayuda de un partido poco sospechoso de españolista como el PNV que, además del parné y aunque no se diga, tiene el compromiso formal del Ejecutivo de acercar a los presos de ETA a sus domicilios particulares. Omite también el detalle de que ERC votó a favor del nombramiento de Ana Pastor como presidenta del Congreso sin que ninguno de los actuales escandalizados le hiciera ascos al préstamo. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, barón Méndez de Vigo y Montojo del Arco Icaza.

Quiere el aristócrata imputar al contrario una práctica –la de la intercambio de cromos, el compadreo y, si preciso fuera, la renuncia a principios básicos– habitual en su partido al menos desde que un triunfante Aznar proclamó que hablaba catalán en la intimidad para desagraviar al hasta entonces vituperado Jordi Pujol después de ganar la Generales con el apoyo de CiU, o PdCat, o Junts pel Sí, que tanto monta. Inmersión «indepe» del estadista por antonomasia que alcanzó su cénit en el momento en el que atribuyó a los etarras la categoría de Movimiento de Liberación Vasco porque los tenía sentados a la mesa.

Todos a una, como en Fuenteovejuna, conscientes de la endemoniada maraña de intereses, líneas rojas, odios filipinos y chinchorrerías varias que rodea a la oposición y conscientes de que su persistencia en el error y su perseverancia en el intento de mantenerse en un Gobierno zombi no hay por dónde cogerla, han vuelto a sacar a pasear los espantajos habituales para amedrentar a los tiernos infantes. El jefe de la mafia patriótica o de la patria mafiosa, que no se enteraba de que sus patriotas conmilitones se llevaban la pasta a Suiza y a otros paraísos fiscales, el portador del pendón del engaño y autor de algunas de las citas más memorables de la literatura política universal es, según el argumentario en circulación, el único superhéroe capaz de reconducir una situación que él mismo y su partido han propiciado.

De nuevo la zorra indignada al cuidado de las gallinas cluecas. Siguen y seguirán con la matraca del coco, con el mantra del freno a la recuperación económica y con la salmodia de las pensiones que no subirán si hay elecciones en la confianza de que el pueblo soberano es, por definición, memo. Así es si así lo parece. Y lo parece. La solución sigue estando en las páginas del Ensayo sobre la lucidez de José Saramago. No busquemos más allá de la decencia.

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