A los asesores los carga el diablo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoPedro Sánchez debería haber valorado que todos sus movimientos, todos sus gestos y toda su impedimenta iban a ser escrutados hasta el mínimo detalle a partir del instante en que ganó sorpresivamente la moción de censura y propició un panorama político en el que algunos, como el PP, intentan recomponer la figura mediante unas Primarias también dopadas –de casta le viene al galgo– mientras otros, Ciudadanos pongamos por caso, se han quedado colgados de la brocha. Debería, digo, haber tomado en consideración la titánica tarea que tenía por delante, con una exigua representación parlamentaria que necesitaba pactos, apaños y componendas para gobernar, antes de echarse al monte de la gilipollez que acaban escalando los presidentes tarde o temprano.

De acuerdo: lo importante es que en apenas unas semanas de gestión su Ejecutivo haya dado un puñetazo sobre la mesa de la UE en materia de migraciones, o que haya proclamado la recuperación de la sanidad universal, o que un ministro pillado en fuera de juego dimitiera en un santiamén, o que haya posibilitado la aprobación de los permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles, o que se hayan dado los primeros pasos para la elaboración de una ley de eutanasia acorde con los tiempos que corren y con las demandas sociales, o que se hayan aprobado unos Presupuestos Generales de manera, digamos, sui géneris, o que estemos asistiendo al bienintencionado y seguramente baldío intento de normalizar las relaciones entre el Estado y la comunidad autónoma catalana, o que se avance en el desmantelamiento de El Valle de los Caídos como monumento al fascismo y se exhume a la momia para que descansemos en paz. Etcétera. Bienvenida sea la recuperación de derechos sociales y económicos proscritos por el anterior Gobierno a fuerza de recortes. Pero, ¿era imprescindible que tan ardua faena se viera interferida por el culto a la personalidad que destilan las imágenes publicadas por Moncloa en las que ora se ve al presidente jugando con el perro, ora se le contempla corriendo por un camino, ora sus ojos columbran el horizonte tras unas gafas de influencer, según dicen los que saben de óptica, ora son sus manos las que intentan transmitir el mensaje?

Unas aseadas manos que, al parecer, pretenden ser la expresión de la determinación gubernamental pero que, además de a la vergüenza ajena después de los años de oprobio, latrocinio y majaderías que el personal ha soportado, se prestan al chascarrillo y al doble sentido: Las manos del líder en primer plano unos pocos días antes de que el titular de la Diputación de Valencia, el socialista Jorge Rodríguez, fuera detenido junto a otros presuntos por meter las extremidades superiores en los fondos de la empresa pública Divalterra –antes Imelsa, en la que también hizo prestidigitación el PP– para contratar supuestamente a afines en cargos directivos con la complacencia del botánico socio Compromís. Bingo.

Como Aznar y sus cultivados abdominales, Zapatero y su traqueteo por la playa con las cejas circunflejas o Rajoy y los patéticos braceos por la campiña que fueron inmortalizados por los fotógrafos, Sánchez ha caído en la trampa de los asesores políticos, esos pájaros de cuenta que se desenvuelven en las redes, paradójicamente, como el pez en el agua; que siguen la máxima de los programas de la televisión basura que prescribe que lo importante es que hablen de ti aunque hablen mal; que se atribuyen cualidades taumatúrgicas y que manejan con la soltura de un mancebo de farmacia la redoma en la que se cuecen pócimas mágicas capaces de convertir al sapo en príncipe. Y viceversa, como hace al caso.

Tal vez influido por el oropel y por el suave frufrú de la moqueta Sánchez ha olvidado que el único asesor válido para un cargo como el suyo es el esclavo romano que se situaba a la espalda del general victorioso para recordarle a su regreso de la batalla memento mori o, lo que es lo mismo, «recuerda que morirás». Y es que a veces el que te mata es el propio asesor. Que se lo pregunten si no al alcalde de Alicante Luis Barcala, que anda como alma en pena y con la oposición municipal pidiendo su cabeza por culpa del gurú de cartón piedra –o sea, por su propia culpa– que fichó con cargo al erario y al que tuvo que destituir a renglón seguido tras conocerse que había acompañado en alguna ocasión a la tránsfuga Nerea Belmonte, concejala rebotada de Guanyar que dio con su voto en blanco la Alcaldía a los populares mediante una operación que investiga la Fiscalía. Las cuatro primeras letras de asesor y asesino son las mismas. Ojo al dato.

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