Más razones para la indignación de Camps

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSe indignó. En su última declaración como investigado en la causa abierta por la construcción del circuito urbano de Fórmula 1 en Valencia, el expresidente de la Generalitat Francisco Camps, que ya había dado muestras de una desbocada soberbia en comparecencias anteriores, perdió definitivamente los papeles. Al ser preguntado por la magistrada sobre si había malversado dinero, estalló como estallan los globos cuando se les aplica un alfiler. «Ya está bien ¿Cómo se atreve a preguntarme eso? No he malversado en mi vida», declaró emulando a los políticos prepotentes, valga la redundancia, que cuando son interceptados por exceso de velocidad o cualesquiera otra infracción de tráfico lo primero que le sueltan al agente es aquello de usted-no-sabe-con-quién-está-hablando, salmodia que hace salivar al uniformado ante el suculento festín de tontería que tiene delante aunque se haya comido ya el reglamentario bocadillo del almuerzo.

Se ofendió el que fuera líder del PP autonómico durante su extenso interrogatorio en el juzgado número 17 de la capital del Turia el pasado 15 de junio. Y no sabemos si se habrá sentido igualmente insultado, vilipendiado, zaherido, maltratado, vituperado, etcétera, ahora que la Fiscalía Anticorrupción ha pedido a la Audiencia Nacional la reapertura de la pieza separada del caso Gürtel relativa a las contrataciones del Consell con la trama de Correa, Álvaro Pérez y Pablo Crespo con la complicidad del exdirigente popular Ricardo Costa y demás patulea político-empresarial que escribió la equis sobre la frente de Camps, quien se había ido de rositas por prescripción, como principal responsable del negocio de la financiación ilegal para, mediante un recital de cante jondo, lograr el alivio de las penas que se les solicitaban. Arrepentidos los quiere Dios. Ja.

Se acaloró Camps en aquellos días de comienzos de verano con la osadía de su señoría –valga el ripio– cual ruborosa damisela dieciochesca. Al parecer no entendió, algo extraño en un abogado doctorado en leyes hace un par de años, que la pregunta era tan obligada como de cajón la respuesta. No en vano la relación del exjefe del gobierno indígena con la verdad es de sobra conocida tanto en el ámbito de la judicatura como en el del periodismo. ¿O es necesario sacar aquí a colación de nuevo que el pío hombre que negó reiteradamente que conociera al delegado de la Gürtel en la Comunidad Valenciana devino como por ensalmo, y entrañables grabaciones policiales mediante, en el amiguito del alma de «Él Bigotes», al que quería un huevo? Y la yema del otro, añado.

Camps tiene infinidad de problemas, y el de la credibilidad no es el menor. Si resulta difícil tragarse ruedas de molino como la de que nadie en la cúspide de la Generalitat de Cataluña conocía las trapisondas de los Pujol y los otros recaudadores convergentes del tres por ciento, o que ninguno de los situados en lo más alto del organigrama de la Junta de Andalucía tenía constancia de lo que ocurría en el patio interior del PSOE, o que el desaparecido Rajoy permaneció al margen de la orgía contable de su partido, también lo es que el actual miembro del Consejo Jurídico Consultivo de la Comunidad, dignidad que ostenta por la gracia de Dios pero con cargo al presupuesto civil, no estuviera al cabo de la calle de lo que acontecía en la zona oscura de su partido. Que es lo mismo que decir en todo su partido.

Podrá Camps enojarse con las «impertinencias» de los jueces en los juzgados, de los diputados en las comisiones de investigación y de los periodistas en las ruedas de prensa. Pero su enfado es un chiste comparado con el que padecen los indignados con motivos, los que están hasta el moño de que una caterva de indecentes, muchos de ellos convertidos en delatores en busca de redención que no desmerecen de los de cualquier novela que aborde el tema del narcotráfico, les haya estafado durante lustros. Son los que cuentan. Para él no, por supuesto. Camps es un buen tipo, no se olvide.

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