¿Estamos tontos, o qué?

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEsto empieza a parecerse demasiado a los tiernos infantes que en sus espasmódicos escarceos con los cubiertos de plástico se introducen la cuchara en el ojo porque desconocen la posición que ocupa la boca en su cara o la sacuden en el aire como un hisopo para que los potitos allí depositados vayan a parar a su oreja y a las paredes en medio de su asombro y ante las miradas bobaliconas de los abuelos que, ya se sabe, lo perdonan todo. También, más talluditos ya, a los preadolescentes que se dejan las rodillas en las esquinas de la mesita del comedor porque han dado el estirón de la noche a la mañana y no se acostumbran al hecho de que las distancia entre dos puntos ha mermado para ellos a la misma velocidad que su voz va pasando de tenor a barítono con los consiguientes «gallos» que hacen las delicias de las tías. La descoordinación forma parte del proceso de aprendizaje psicomotriz y, como tantas otras cosas, se cura con la edad. O no.

Pues bien, habida cuenta de la experiencia y edad acumuladas por los integrantes del Consejo de Ministros –y ministras, vaaale– liderado por Pedro Sánchez, va a ser que no. Después del desencuentro entre el presidente y la titular de Justicia Dolores Delgado sobre si el Estado debía asumir pecuniariamente la defensa del juez Llarena ante los tribunales belgas en la demanda presentada por Carles Puigdemont, todo parece indicar que el Ejecutivo sigue empeñado en lesionarse el menisco con la pata de la cama o en salpicarse la pechera del traje de faena ministerial con yogur de piña. Las ministras –y ministros, bueeeeno– que tienen por delante la titánica tarea de convencernos en un tiempo récord de que cualquier tiempo pasado fue peor, se están ganando poco a poco la consideración de ejército de Pancho Villa dada la clamorosa descoordinación que exhiben por culpa seguramente –o no– de la debilidad parlamentaria del partido bajo cuyas alas se acogen y de los peajes que se están viendo obligados a pagar a los socios, que son muchos y cada uno de su padre y de su madre.

Producto de la descoordinación, o vaya usted a saber si de algo más grave y, por lo tanto, peligroso, debe de ser el celebrado «gol por la escuadra» que le marcó unos días más tarde la directora general de Trabajo, Concepción Pascual, a su jefa, la ministra del ramo Magdalena Valerio, al aprobar la creación de un sindicato de prostitutas sin que la muy pánfila se enterara hasta que se lo leyeron una vez publicado en el BOE. La primera ya no está, que aquí al menos los melones se descartan o los expulsan, y la segunda anda preguntándose todavía cómo pudo fallarle tanto la defensa.

Pero hay más síntomas de que estamos ante una enfermedad que vaya usted a saber si derivará en epidemia de sarampión. El penúltimo ha venido de la mano de la ministra de Industria Reyes Maroto, que poco después de que el jefe del Ejecutivo anunciara que la subida de impuestos al gasóleo estaría incluida en los presupuestos de 2019 aseguraba que se trataba de un globo sonda para añadir a continuación que estaba en plena sintonía con Sánchez y cerrar la contradicción con el consabido estribillo de las declaraciones sacadas de contexto.

No dejar que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha, como recoge el versículo 3 del capítulo 6 del evangelio de Mateo está bien cuando se habla de dar limosna. Pero en política, y más en el nivel político al que nos tienen acostumbrados nuestros empleados, no hay cabida para tanto despiste. Si es que lo es, insisto. Como a los niños tronados porque se sientan en tronas en lugar de en escaños y a las criaturas a las que les sobran centímetros de brazos y piernas solo cabe hacerles una pregunta: ¿Estamos tontos, o qué?

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