Bombas

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLos másteres, currículums, tesis doctorales y demás artefactos acreditativos de esplendores académicos pasados son como las bombas de racimo: se abren a determinada altura, cuanto más elevada mejor porque se amplía su radio de acción, y causan graves daños de manera indiscriminada. Víctima de una bomba de racimo fue la expresidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes. Resultó alcanzada por el fuego amigo mientras se parapetaba tras un muro imposible de hormigón casi tan duro como su propia cara, que blindaba con productos cosméticos saboteados de supermercados en arriesgados golpes de mano.

Uno de esos engendros cargados de falsedades, que es la metralla que mayores destrozos puede causar en la credibilidad de un político, acaba de alcanzar a la efímera ministra de Sanidad Carmen Montón y, por extensión, a su comandante en jefe Pedro Sánchez, quien pasó de apoyarla a dejarla caer en menos que canta un gallo mientras la artillería enemiga le armaba otra bomba, en este caso atómica, que ha obligado al presidente a hacer público el contenido de su trabajo de fin de carrera y ha propiciado que la universidad en la que la defendió lo someta dos veces el detector de mentiras para comprobar si había gato encerrado.

Y en constante zozobra vive la tropa popular ante la posibilidad de que los proyectiles diseminados por el aire terminen dando en la diana del presidente del partido si finalmente el fiscal aconseja al Tribunal Supremo su procesamiento dadas las turbiedades halladas en su historial, que defiende desde un búnker de cartón piedra y tentándose la ropa a la hora de acusar al contrario. Por si las moscas. Pero aunque el acusador público opte por dejarlo correr y echar pelillos a la mar, con el despliegue de ingenios de destrucción masiva actualmente en curso a Pablo Casado le va a costar seguir intentando convencer al personal de que pertenece a una ONG.

Las bombas de racimos son así. Una vez activada la espoleta no hay quien las pare. De ahí que sus efectos sean tan devastadores que hasta el líder de Ciudadanos Albert Rivera, ese joven pulcro y desorientado que se abstiene junto al PP en la votación sobre la exhumación de lo que queda de Franco, se las está teniendo tiesas con su escaparate particular a cuenta de un desajuste lingüístico y económico entre los términos «doctorado» y «doctorando». Nada que ver, por supuesto, con las bombas que la industria armamentística española ha vendido al democrático reino de Arabia Saudita, garante de los derechos humanos en la zona y más allá de su área de influencia que abarca todo el orbe. Si las de racimo no son nada selectivas y se cepillan a un concejal, a un alcalde o a un alto cargo de cualesquiera de las muchas administraciones públicas que pululan por el sistema, las de precisión son infalibles. Como el Papa y sus pederastas.

Lo dijo el ministro de Exteriores, Josep Borrell, que es un sabio con un currículum para chuparse los dedos, y lo repitió la portavoz del Ejecutivo, Isabel Celaá, a los pocos días de que la intervención de la ministra de defensa Margarita Robles insinuando el veto al envío del arsenal a la teocracia que financia buena parte del terrorismo yihadista porque podía ser utilizado contra la población yemení, generara una reacción por parte de la autoridades saudíes que ponía en riesgo la construcción de unas cuantas corbetas y amenazaba seis mil empleos en la bahía de Cádiz. En un nuevo esperpento de descoordinación interministerial con abuso del ya clásico chiripitiflautismo patrio, y con un alarde de cinismo de órdago a la grande y de desprecio hacia la salud mental de los ciudadanos, los ministros antes citados aducían para bendecir la transacción que a) «se trata de un armamento de precisión que no produce efectos colaterales en el sentido de que da en el blanco que se quiere con una precisión extraordinaria» (Borrell), y b) «son láser de alta precisión y si son de alta precisión no se van a equivocar matando a yemeníes» (Celaá). Con lo cual ambos demostraron, y tras ellos todo el Gobierno, que a) sus principios éticos terminan donde empieza la cuenta de resultados económicos, y b) que desconocen que la bomba, por inteligente que sea, es más tonta que un zapato, y que los zagales y otros especímenes encuadrados en la población civil afgana, yemení, sudaneses o siria pululan por las zonas de guerra sin pararse a considerar el currículum del artefacto que, a lo mejor, le cae encima o al lado con los resultados por todos conocidos de óbitos, mutilaciones y otras zarandajas sangrientas.

Eso de que matan solo a los malos y lo hacen limpiamente recuerda a las bombas de neutrones, que son respetuosas con el patrimonio inmobiliario y con el medio ambiente aunque no dejan títere con cabeza que pueda disfrutarlos. Hasta el alcalde de Cádiz, el tal Kichi, tuvo que hacer contorsiones verbales inverosímiles para defender los puestos de trabajo de sus paisanos de Navantia sin que pareciera que justificaba el envío de los inocentes petardos. Congruencia, que se dice. Pero qué vergüenza dan.

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