Cuando lo urgente coincide con lo necesario

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa cantinela se repite como los acordes del Bolero de Ravel. Cada vez que se alude a las víctimas de la represión franquista y a la permanencia de símbolos arquitectónicos o de otra índole que conmemoran o recuerdan a los vencedores de la Guerra Civil que posteriormente se perpetuarían en una dictadura de más de tres décadas y media, escuchamos el mismo estribillo: No hay que reabrir heridas removiendo el pasado, de un lado, y no es prioritario hincarle el diente al asunto con todos los problemas que tiene planteados el país, por el otro.

La salmodia da por hecho que los costurones se cerraron con el advenimiento de la democracia mientras la realidad de las cunetas y de las tapias de los cementerios apunta hacia lo contrario o, al menos, lo matiza. Los defensores del borrón y cuenta nueva hurtan de manera abrupta el derecho exclusivo e inalienable que asiste a la parte perdedora a conocer qué fue de sus familiares desaparecidos. Además, trazan una sibilina línea entre lo urgente y lo necesario cuando ponen palos en las ruedas a la exhumación de la momia del Generalísimo en el Valle de los Caídos, ese mausoleo inverosímil en cualquier país avanzado que haya soportado una dictadura tan letal como la que se registró en España.

Cuando aducen que puede esperar la pretensión gubernamental de extraer sin más demora los restos del pequeño Generalísimo para que sus deudos les den el destino que deseen porque, ya puestos, lo mismo da cuarenta años que cincuenta, refuerzan la necesidad perentoria de poner punto final a un oprobio que se prolonga desde 1975, que vulnera la Ley de Memoria Histórica, hace caso omiso de las recomendaciones de la ONU y obvia la resolución aprobada por el Congreso en 2017 con el voto favorable de un oportunista y camaleónico Ciudadanos y la abstención de un PP que ahora exhibe abuelos represaliados como marchamo de calidad democrática pero que no acierta a ver el momento idóneo para desprenderse del pelo de la dehesa.

A la vista de tanto cálculo electoral, de tanta chinchorrería entre partidos y, en suma, de tanta majadería atentatoria contra el sentido común, por supuesto que es imprescindible la expulsión exprés del cuerpo del delito de su flamante morada. Aunque solo sea para demostrarnos a nosotros mismos que ya que no supimos quitarnos al dictador de encima y permitimos que muriera en la cama rodeado de galenos y amparado por el brazo incorrupto de Santa Teresita, y que toleramos que su clan siguiera enriqueciéndose incluso al socaire de la libertad que cercenó con puño de hierro, al menos seremos capaces de sacárnoslo de debajo.

Aquí o se aplaza todo o no hay tiempo para nada. Desde la reforma de la ley electoral para que el voto valga lo mismo en una circunscripción que en otra y con el fin que los nacionalismos periféricos dejen de ser un dogal atado al cuello del sistema hasta los imprescindibles cambios en el modelo de designación de los jueces para que el tercer poder del Estado no parezca un títere en manos del primero o la revisión de una Constitución necesitada de lubricante en los engranajes. Lo urgente y lo necesario casi nunca coinciden por estos pagos. Vivimos permanentemente en el pasado porque hay quien pretende pasar página sin abrir antes el libro. Y así nos va.

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