Zona catastrófica

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoNo está claro que digan lo que saben, pero no hay ninguna duda de que no saben lo que dicen. Son como un torrente que a su paso arrastra cualquier vestigio de inteligencia. Igual que movimientos telúricos que provocan el desmoronamiento del sentido común que se les atribuye en razón a su presunta formación académica o a su capacitación profesional si es que han tenido alguna actividad previa ajena a la política. Con sus intervenciones en mítines, entrevistas y otros bolos que les surgen acá y acullá, siempre al amparo de los micrófonos que les ponen a tiro de declaración, demuestran el nulo respeto que le tienen a los espectadores que acuden a diario, desde el gallinero y contra su voluntad, a la catastrófica performance.

Cada vez que hablan, y mira que hablan, provocan un incendio, un terremoto, un tsunami o una erupción volcánica cuyos graves efectos duran poco tiempo porque son sustituidos casi inmediatamente por las consecuencias del siguiente desastre, que casi siempre tiene su origen en eructos derivados de los gases producidos por la ingesta masiva de sandeces, exabruptos y otros alimentos indigestos que están detrás del ardor de estómago y de las ganas de vomitar que, por ósmosis, padecen los contribuyente. Los daños colaterales de sus inflamados verbos preelectorales, electorales y postelectorales son similares a los que originó el meteorito que cayó en la península de Yucatán decenas de millones de años atrás. Si en aquella ocasión el cataclismo provocó la desaparición de los dinosaurios, en el periodo geológico actual es la confianza en el sistema y en sus máximos representantes lo que se encuentra al borde de la extinción.

Con diferencias de trazo, que va del grueso al sutil, tanto monta Rivera como Casado, Sánchez que Iglesias, Abascal como, uf, Torra y sus respectivas cortes. Armados con metralletas orales disparan a bocajarro contra la salud mental de sus hipotéticos clientes ráfagas de mentiras y medias verdades. Simplones, chinchorreros, con el coeficiente intelectual de una medusa a juzgar por el abordaje que hacen de asuntos primordiales para los ciudadanos, repiten como el pepino. Sus argumentarios apestan a ajo porque se cocinaron con la única intención de ocultar su ausencia de materia gris y su incapacidad para alcanzar consensos útiles más allá del puntual golpe de efecto. No se bajan del burro ni a la de tres, pero en cambio da la impresión de que son constante sus bajadas al moro para regresar a la península cargados con ingentes cantidades de sustancias estupefacientes que consumen liberalmente antes de soltar a borbotones tremebundas sentencias, ora cargadas de odio al contrario, ora rodeadas de amor al prójimo, es decir, a sí mismos, que anonadan al que les paga la nómina.

En esas estamos, como siempre. A la espera de conocer el nombre del que la suelte más gorda. Pablo Casado, el sucesor del peor presidente de partido y de Gobierno de la historia reciente de España que ya acumula méritos para tomar el relevo, es, con diferencia, el más aventajado del parvulario. Sus comparecencias públicas se miden por asombros, sus meteduras de pata requieren el concurso del sistema métrico decimal, sus embustes son más propios de Pinueve que de Pinocho dada su magnitud y sus fallos convierten a las carabinas de feria en rifles de precisión. Como Iznogud, tiene prisa y quiere ser califa en lugar del califa. Por eso cada día que pasa se parece más al califa del Vox (este sí: barba recortada, pesados párpados, nariz ganchuda) que pretende la reconquista sin que se sepa a ciencia cierta si para los sarracenos o para los cruzados

¿La última del chiquitín de la casa a riesgo de que mañana sea la antepenúltima? Pues pedir que se conozca toda la verdad en torno a los atentados del 11-M investigados, juzgados y condenados en sentencia firme. Y mira que lo tiene fácil: con preguntárselo a su mentor José María Aznar, el prohombre que hurtó descaradamente la verdad a sus conciudadanos para endosar la masacre a ETA porque sabía que se jugaba el reinado de su partido, todas sus dudas quedarían resueltas. Venga, chaval, llama al estadista y dile que te lo cuente. Y luego nos lo cuentas.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar