¿Y qué gana Sánchez destruyendo España?

JESÚS ALONSO  

Las etapas previas al acto físico, personal e intransferible, de depositar una papeleta en una urna son profusas en la formulación de desmesuras, insensateces y simplezas, de hipérboles y chascarrillos, de frases hechas y de intenciones deshechas debido a la impericia del orador o a su osadía, de salmodias y soflamas, de dimes y diretes. La liturgia que antecede a unas elecciones es -se ha repetido hasta la saciedad sin que sus actores secundarios, los políticos, hayan tomado nota- la demostración más evidente de que el ciudadano pasa a ser considerado no ya un menor de edad sino un lactante cuya capacidad de discernimiento empieza donde se acaba la teta. En todas las precampañas y campañas conocidas y por venir menudean los lugares comunes, las promesas lanzadas a mansalva a sabiendas de que serán incumplidas, las soluciones fáciles, si es que se plantean, a problemas complicados o directamente irresolubles dadas las alergias, los cordones sanitarios y los cierres de fronteras que nuestros futuros representantes se imponen y nos imponen.

El desatino y la barbaridad progresan adecuadamente en el periodo actualmente en vigor. Lo cual anima a sospechar que la culminación del calvario entre abril y mayo no llevará aparejada la finalización del desbarajuste o, al menos, su encarrilamiento en otra vía que no sea la vía muerta. A los indicios que tradicionalmente conducen a la decepción hay que añadir detalles que a modo de interferencias están afectando al normal desenvolvimiento del paripé. En el ambiente se respira el incienso de quienes rezan el rosario a la puerta de un teatro para exorcizar a un puñado de actores que, en pelota picada, apestan a azufre porque afirman que Dios tiene vagina. Y mientras una estrafalaria asociación que se ha impuesto la misión de defender el honor de Millán Astray amenaza a una librería por exhibir un libro, que es lo suyo, en cuya portada aparece la fantasmagórica foto del fundador de la Legión, un partido ultra coloca en sus candidaturas al Congreso a cuatro afligidos generales porque, oiga, la patria llama a las armas para frenar a los abducidos independentistas catalanes que dirige un supremacista buenista aunque el mando a distancia lo tiene otro descerebrado empeñado en ahorcarse con un lazo amarillo y en hacerse acompañar en el patíbulo por los chicos del coro.

No debería estar el horno para más bollos ni para nuevas sandeces, pero quiá. La capacidad del recipiente es infinita. Entra de todo. Y lo penúltimo, aunque no por reciente sino por reiterativo, es la acusación al presidente del Gobierno saliente, Pedro Sánchez, de querer destruir España. Así, a lo bestia. Lo dice la derecha liberal conservadora de Casado, lo secunda la derecha liberar progresista -o lo que quiera que sea ahora- de Rivera y lo refrenda con amplificador esa extremaunción, clara y concisa, que es Vox. Quiere el PSOE arrasar el Estado y para ello se alía con los malos, que son lo opuesto a la gente de bien a la que tanto aluden como parroquianos propios. Lo reproducen una, y otra, y otra vez. Pero uno, en su infinita ingenuidad, echa en falta la explicación de los motivos y su traslación a términos mercantiles. ¿Para qué quiere Sánchez cepillarse España? ¿Qué gana con ello? ¿Una dacha cerca de Moscú? ¿Un cargo vitalicio en Corea del Norte? ¿Una playa privada en Venezuela? ¿Una cita en los libros de historia junto a Atila y Chiang Kai-shek? ¿Quiere ser Conan el Bárbaro en los cómics, el virus ébola en la impenetrable selva del sentido común, Demolition Man en el cine?

Este es un país en el que los unos controlan medios de comunicación que dan rienda suelta a sus aspiraciones y se manifiestan a borbotones cuándo y dónde quieren llorando amargas lágrimas ante un Estado opresor que reprime por la fuerza sus libertades mientras los otros afirman, aunque saben que es una alucinación, que el Maligno anida en el cuerpo del jefe del Ejecutivo, al que pintan con una motosierra en la manos. Y si cuela, cuela.

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