Al sur del río Ebro

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoComo no había suficientes gallos en el gallinero, llegó Aznar. Bueno, al menos parecía el expresidente del Gobierno: misma inverosímil coloración capilar, idéntico belfo superior que otrora dio soporte a un bigote menguante, abdominales modelo adoquín que se intuían bajo la camisa, dientes equinos y ceño bien marcado, como de inspector de Hacienda a punto de hacer una complementaria. Pero el compareciente en el acto electoral organizado por el PP en Valencia para arropar a las candidatas a la Alcaldía de la ciudad, María José Català, y a la Presidencia de la Generalitat, Isabel Bonig, bien podría haber sido Clint Eastwood, Charles Bronson o Lee Van Cliff. Cuando dirigiéndose a Vox dijo aquello de «a mí, mirándome a la cara, nadie me habla de derechita cobarde» al arriba firmante le temblaron las canillas y le vino a las mientes la composición de Ennio Morricone que ponía telón de fondo musical a La muerte tenía un precio. Incluso pudo imaginarse al otro pistolero, Santiago Abascal, aceptando el desafío y emplazando a su exconmilitón a medir sus partes pudendas en un duelo singular en O.K. Corral. O por ahí.

El que entrecerró los ojos, no porque los tenga así de fábrica sino para evitar que el sol restara nitidez al objetivo, fue el presidente de la Generalitat. En funciones de padre de la chica, Ximo Puig cayó en la recurrente tontería de emplazar al primero por la derecha en la foto de Las Azores a pedir perdón por lo que el aznarismo ha representado en la Comunidad. Contestaba así, sin despeinarse, claro, a la advertencia del justiciero en el sentido de que el territorio comanche en el que soltó la arenga corría el riesgo de convertirse en los barrios bajos del nacionalismo catalán. Craso error. Si Aznar no se disculpó por meter a su país en una guerra ilegal, por qué carajo debería darse por aludido ante tan insolente reclamación. Pese a que durante y tras sus mandatos prosperaron al sur del río Ebro numerosas partidas de bandoleros y cuatreros que esquilmaron el territorio para repartirse el botín y aunque esta autonomía ha sido un laboratorio nacional de ideas corruptas aplicadas a la administración pública y un banco de pruebas del descontrol del gasto, el sheriff no se enteraba porque, a lo mejor, cancaneaba con Molly, la pecosa chica del saloon que llegó en la última diligencia. Además, Dios no puede estar en todas partes.

Aznar no se siente afectado por las consecuencias de su herencia y por la escabechina que se ha registrado entre sus principales lugartenientes, y, por lo tanto, no ve razones de peso para entonar el mea culpa. Hasta ahí podíamos llegar. Como tampoco se siente concernido su legatario Pablo Casado respecto a la investigación desarrollada en torno a la cúpula de Interior durante el Gobierno de su predecesor Mariano Rajoy. Aunque él formó parte de la dirección del PP y ocupó puestos en el Ejecutivo en los tiempos en los que fue creada la policía patriótica con el objetivo de cepillarse a oponentes políticos como Pablo Iglesias, y pese a que el Congreso reprobó a dos de sus principales cargos, Jorge Fernández Díaz e Ignació Cosidó, exministro del Interior y exdirector general de la Policía, respectivamente, el actual presidente popular y aspirante a hacer pis en La Moncloa se va por los cerros de Úbeda (Jaén) cuando es interpelado en plena eclosión de nuevas averiguaciones que alimentan el escándalo hasta elevarlo a límites insoportables en una democracia basada en las leyes que dice defender pero contra las que su partido no ha dejado de disparar prácticamente desde su fundación allá por la época de los neandertales, esos homínidos que practicaban el aborto en diferido según el rutilante fracasado Adolfo Suárez Illana. A lo que se ve, el eslabón perdido en Dodge City.

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