De la irritación al aburrimiento pasando por la ebullición

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoArrolIada por su cuitas internas y en plena euforia depredadora de Podemos, Izquierda Unida se quedó compuesta y sin novio –o sin novia, si aplicamos a rajatabla el lenguaje políticamente chiripitifláutico que nos van imponiendo poco a poco– en las elecciones municipales y autonómicas madrileñas de 2015. Cuentan las crónicas que de haber ido en comandita, tal vez la masterizada Cristina Cifuentes no habría llegado nunca adonde llegó, pero lo cierto es que llegó. Por un rato, pero llegó a la Presidencia. Viéronle entonces las orejas al lobo sus dirigentes, o lo que quedaba de ellos tras la purga de Benito, y en las generales subsiguientes juntaron fuerzas después de no pocas diatribas y peleas en las que menudeó el lanzamiento de objetos punzantes para lograr la exitosa pérdida de 1,2 millones de votos. O sea que ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo porque me matas / sin ti porque yo me muero, que dice la copla.

La izquierda es así en este país. Bien sea por su contrastada incapacidad para lograr acuerdos, por su desmesurada tendencia a marcar territorios ideológicos, por su falta de cintura, o por su inveterada afición al cultivo indoor del galimatías, siempre acaba trabajando para la derecha, que es una aunque en el actual momento procesal parezca trina. Como la Santísima Trinidad, en fin, pero con paloma torcaz tiroteada en lugar de gaviota rampante en lo más alto del pendón gracias a Santiago Abascal. En contraposición al monolitismo con matices del PP, Cs y Vox, la izquierda, y más la izquierda situada allende la frontera del PSOE, es tan diversa, tan inclusiva, y tan sabihonda que deviene en disgregadora, autodestructiva y, en definitiva, plasta. Que a estas alturas del concilio electoral siga aumentando la oferta de sopa de letras y la indefinición en torno a estrategias conjuntas y a coaliciones o, al menos, a roces afectuosos, es una muestra de que a la izquierda le gusta marear al votante hasta llevarlo al punto de irritación previo al de ebullición que conduce a la defección por aburrimiento.

Si a ese claro objeto de deseo que es el ciudadano en fase electoral le resulta ardua tarea descifrar el jeroglífico que tiene ante sus narices, en el que las confluencias, mareas, sensibilidades y trueques de artículos gramaticales, que se traducen en la proliferación casi exponencial de candidaturas que teniendo un objetivo común en el plano teórico marcan distancias siderales en la práctica para hacerse con el disputado voto del señor Cayo, tampoco el político las debe tener todas consigo. Tan despistados como todo quisque y sin una mala encuesta fiable que llevarse al mitin después de tanto fiasco demoscópico, los más conspicuos aspirantes a representantes de la soberanía popular se han puesto en manos de gurús, coachs, trainers, sacamuelas, buhoneros, videntes y demás profesionales de esa denominada comunicación política que a la postre no pasa de ser sino publicidad engañosa.

El presidente de la Generalitat Valenciana Ximo Puig, verbigracia, parece haber apostado por el brujo que contribuyó a la victoria contra pronóstico del popular Moreno Bonilla en Andalucía. Mientras Susana Díaz se miraba el orondo ombligo y optaba por un perfil bajo de campaña tal vez animada por el siempre amigo Pedro Sánchez para que se diera el batacazo, su oponente escuchaba las consejas del politólogo, consultor y tal, Aleix Sanmartín, ahora en la agenda de fichajes del jefe del Consell. Lógico: la era de las fake news ha de contar necesariamente con vendedores de crecepelo que muestren a nuestros dirigentes el camino a seguir para lograr el codiciado tesoro sin pararse en barras ni, al parecer, tomar en consideración otra cosa que no sea a la victoria. A lo Steve Bannon, vamos. Lo mismo les da arre que so, ayudar a mercadear un producto milagroso que otro, por opuestos que sean y contraindicados que estén, aun a sabiendas de que ambos incumplen el prospecto que les acompaña. El caso es que el minorista, convertido en mero intermediario entre el fabricante y el cliente finalista, quede satisfecho. Están detrás del Brexit y de Trump. Han existido siempre, pero ahora se les ve más porque la impostura, como Masterchef, está de moda.

Haz que pase, pide el PSOE en su lema electoral para el 28-A. Y sí, haz que pase este nuevo cáliz. Pronto y rápido. Otra genialidad de algún vendedor de burras posmoderno para alimentar las risas, muchas risas, que está generando el espectáculo.

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Comentarios   

0 #2 iceteci 09-04-2019 21:13
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0 #1 okotuetdaox 09-04-2019 20:41
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