Cuando tocar las partes blandas es el objetivo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSe podía decir más alto, pero no más claro. Sabíamos, porque tontos del todo no somos, que disipado el humo de las grandes declaraciones políticas en torno a la búsqueda del bien común y a la defensa de los intereses generales había un inmenso erial donde solo prosperaban las ambiciones personales y partidistas y en el que la plebe desempeñaba el papel de espantapájaros. Conocíamos que la chinchorrería entre los actores de la cosa pública era uno de los principales motores de su gestión y el único modo de relacionarse entre sí. No nos cabía la menor duda de que esta antinatural manera de arrimar el hombro era un obstáculo permanente a la hora de ayudar al personal a salir de sus apuros cotidianos, de hacerle la vida más fácil, de situarle ante un horizonte de esperanza mediante la satisfacción de sus necesidades más perentorias. Estábamos convencidos de todo ello y más. Pero, como Santo Tomás, necesitábamos ver no ya para creer sino para confirmar. Y teniendo constancia escrita de la actitud del grupo municipal de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Málaga se nos han disipado las escasas dudas que albergábamos sobre el respeto que los electos tienen a los electores.

Impagable servicio el prestado por los conmilitones de Albert Rivera a la causa de la democracia y a la confianza en sus representantes. Aunque en este asunto, como en otros tantos, ningún partido está libre de pecado y el que lo crea que tire la primera piedra y verá como le vuelve en plan bumerán, a Cs hay que reconocerle un mérito extra. Es altamente gratificante para el elector que sus concejales asalariados –que bien podrían ser también alcaldes, diputados y senadores de cualquier circunscripción electoral– hayan puesto negro sobre blanco la intención real de una iniciativa registrada en el Ayuntamiento malagueño para abrir una auditoría con el fin de conocer el grado de aplicación de una normativa de contratos. Es una demostración de transparencia digna de elogio y una suerte que los administrados hayan podido tener información de primera mano gracias, eso sí, a un error de comunicación, acerca del paño del que están hechos los ediles que deciden sobre sus vidas y haciendas domésticas.

Es, vamos, la repanocha, que la iniciativa de marras no tuviera otro propósito que el de «tocar los cojones» al PP, que es la formación que gobierna en la localidad. Es decir, la moción no tenía el loable objetivo de salvaguardar los dos bienes intangibles antes mencionados, sino, sencilla y llanamente, manosear las partes pudendas del oponente pese a que en el mismo escrito que alguien olvidó revisar propiciando así que fuera conocido en toda la ciudad, primero, y en todo el país a continuación, se admitiera la escrupulosidad del equipo de gobierno en la materia. «Básicamente es por si quieres tocar los cojones», revelaba el asesor, o lo que quiera que fuera el menda, aun a sabiendas de que creía que no había por dónde hincarle el diente al asunto.

Estamos en un país en el que o se hacen las cosas por cojones o se le tocan los cojones a uno o uno se toca los cojones. La versatilidad del testículo es inmensa. Se puede ser cojonudo como un espárrago de Tudela o un cojonazos. Ser un vago o una tipo irritante en grado sumo. También un cobarde de los de salir por piernas ante un situación complicada. Tener los cojones más grandes que el caballo de Espartero era un elogio cuando el machismo no tenía detractores. Si se aplica el sustantivo sustitutivo huevo la pretensión es la misma, pero no el efecto. Cojones suena rotundo mientras que huevo es confuso y tímido. Blando. Nadie se comería un cojón frito salvo en forma de criadilla, pero todos hemos catado un inocente huevo pasado por la sartén. Hacer algo desde las instituciones solo por tantear los cojones del enemigo es malversar tiempo y, seguramente, dinero. Además, el tocamiento inter pares de las gónadas supera muy pronto la intimidad de los despachos y la indiscreción de los correos electrónicos para saltar al ámbito ciudadano. No confundir con Ciudadanos. Entonces es cuando se escucha eso tan racial de «estoy hasta las mismísimas pelotas de tanto jeta». Cojones, con los cojones.

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