Vox, Ciudadanox y demáx

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoA Harry Lipton (Woody Allen) le apetecía invadir Polonia cada vez que escuchaba a Wagner. A mí me ocurre algo parecido con los líderes de Vox pero con la salvedad de que en vez de reconquistar la isla de Peregil como hizo Trillo al amanecer y con viento de Poniente, pongamos por caso, me entran ganas de salir corriendo hacia el pasado para comprobar si aún seguimos allí. Que seguimos. Es abrir la boca y, zas, se me vienen a las mientes canciones imperiales de esas que se cantaban en el cole al comienzo de las clases o después del rosario semanal.

Es tomar la palabra Santiago Abascal y, oiga, oír de fondo Montañas Nevadas. ¿Qué el que habla es Ortega Smith? Pues Prietas las filas y de cuatro en fondo a paso ligero hasta el lugar en el que nos espera Rocío Monasterio, la eminente sexóloga que sabe de muy buena tinta que en los colegios de Madrid se imparte zoofilia a los niños. Una vez allí y en posición de firmes la música de su discurso puede ser la de Isabel y Fernando o la del Oriamendi carlista, según el día. El caso es que leer en Facebook al portavoz del partido en la Asamblea de Murcia, Juan José Liarte, llamando puta entre otras lindezas a la ministra de Justicia en funciones Dolores Delgado –sí, sí, la que tildo despectivamente de maricón a su actual compañero de consejo de ministros Grande Marlasca– y percibir los primeros acordes de Novio de la muerte, es todo uno.

Quizá sea que el arriba firmante carece de oído musical, o que la otitis estival empieza a crear disfunciones en las trompas de Eustaquio. Pero el otro día, mientras me aplicaba a la lectura de la valoración que había hecho el mandamás de Vox en Andalucía, Francisco Serrano, del fallo del Supremo que elevaba las penas a La Manada al considerar su delito como violación, se me puso la carne de gallina por culpa del mix entre el Cara al Sol, La Ramona y El conejo de la Loles que me pareció entender mientras el también juez en excedencia y diputado autonómico afirmaba que estábamos ante una sentencia «dictada por la turba feminista supremacista». No sé. Tal vez contribuyera a semejante jaleo acústico el hecho de que a su ponderado análisis, propio como se ve de un reputado jurista, añadiera estrofas de indudable calidad estesiana como que «desde ahora, la diferencia entre tener sexo gratis y pagando es que gratis puede salir más caro», o que se trata de un «torpedo directo contra la heterosexualidad, contra las relaciones libres entre hombres y mujeres», o, no se la pierdan, que «hasta un gatillazo o no haber estado a la altura de lo esperado por la mujer podría terminar con el impotente en prisión». Con lo cual, lo único que resta es rogar al Altísimo para que llegado el caso nos libre de ser juzgados por un individuo con semejante bagaje misógino. Salvo que seamos el violador, claro.

Es desasosegante saber que políticos de este nivel estén condicionando la formación de gobiernos locales y autonómicos y que, además, vayan a disponer de los fondos inherentes a lo que puedan rebañar de sus compañeros de viaje para seguir propalando desde el escaño tamañas invectivas. Llegaron para acabar con la izquierda y con el independentismo, mucha parte del cual portan en el ADN los mismo genes excluyentes, y, sin embargo, están obligando a mostrar sus vergüenzas a una derecha avergonzada que, cautiva de sus ambiciones y desarmada de principios, no dudaría en pactar con el mismísimo Satanás con tal de ocupar espacio público. Del PP se sabía porque nunca ocultó sus afinidades con la derecha de su derecha, pero el desconcierto de Ciudadanos empieza a ser oneroso para un hiperventilado Albert Rivera que se asemeja a un muñeco tentetieso al que un día le riñen sus socios europeos por franquear el paso a los ultras, al otro recibe un desmentido formal de Francia por asegurar que El Elíseo apoyaba sus escarceos no confesados con Abascal y al siguiente se le van, por girar hacia donde moran Le Pen y Salvini, varios pesos pesados del partido.

Todo ello empezó en Colón, que no es un detergente sino la plaza madrileña en la que se representó el espectáculo cuasi pornográfico de las tres derechas. Llamadas así eufemísticamente para reconocer a cada una un rango propio pero que con el tiempo han devenido en confluencia y ménage à trois. Es lo que tiene esto de los cordones sanitarios, los vetos y demás zarandajas: se acuesta uno escuchando la nana de los liberales centristas y centrados y le levanta de la cama el despertador de la mesilla con los sones de El camarada. Ahora Vox se ha enfurruñado y dice que no ocupará ningún cargo en los gobiernos locales en los que Cs haya vetado su entrada pese a haberlo pactado con el PP y dice que pasará a la oposición en Madrid y otras ciudades en las que los naranjas vayan en comandita con los populares. Pero no se lo crean: son poses de cara a la galería y maniobras envolventes. ¿Acaso la cabra ha dejado alguna vez de tirar al monte?

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Comentarios   

0 #2 ilwunihi 19-08-2019 09:46
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0 #1 oririovekz 19-08-2019 09:12
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