Majaderías

JESÚS ALONSO 

¿Había tantos majaderos por metro cuadrado antes (antes de qué, sería el matiz a añadir a la pregunta) o es que están surgiendo por generación espontánea y crecen sin control como las malas yerbas y se reproducen como conejos? Tiene uno la sensación de que allí donde pone el oído y el ojo escucha y ve la majadería, término que el siempre solvente Diccionario de la Lengua define como ‘dicho o hecho necio, poco oportuno o molesto por ser indiscreto falto de sentido común, propio de majaderos’.

No hace falta remontarse al presidente estadounidense Donald Trump, cuyas gilipolleces -peligrosas la mayoría de ellas, irritantes muchas, asombrosas otras- se miden por quintales métricos. Tampoco es menester recordar la despedida de España del nuncio del Vaticano, Renzo Fratini, estruendosa al asegurar que el Gobierno pretende resucitar a Franco, acusación que, chorrada aparte, debería ser castigada por el Santo Oficio por blasfema al atribuir a un conjunto de ministros que se sientan en torno a una mesa -como en la última cena, eso sí- habilidades reservadas por la propia Iglesia sobre todo a Dios. Como la de obrar milagros.

No, no es necesario viajar a montañas lejanas ni a desiertos remotos, que diría el del bigote en la foto de Las Azores, para sentir delante, detrás o a un lado, como sugirió su sucesor, el de las barbas, el aliento de la majadería propalada sin freno ni control y, sobre todo, exhibida con desdén absoluto por la inteligencia del oyente que, desgraciadamente, no penaliza al autor. Como la globalización, la majadería, y principalmente la majadería política por recurrente, expansiva e hipnotizadora, no tiene límites mentales ni fronteras físicas. Tampoco conoce edad, sexo, ideología o condición social. Te la puedes encontrar lo mismo saliendo de la boca de una representante del ultraderechista Vox como Rocío Monasterio cuando habla de la fiesta del orgullo gay, que deslizándose cual baba espesa por la comisura de los labios del secretario de Estado Octavio Granado al valorar, en plena euforia por las afiliaciones registradas en junio, que la Seguridad Social siempre obtiene los mejores datos con un presidente de Gobierno socialista.

La majadería es transversal y directamente proporcional al número de mentecatos que pueblan la vida política y económica española tanto desde cargos de relevancia como desde simples asientos de supervivencia o de relumbrón. Así, cuando el nuevo presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona Joan Canadell asegura que no tiene nada contra el castellano pero se plantea no responder a los periodistas en la lengua común porque le hace perder el tiempo está definiéndose como majadero, de un lado, y como pésimo gestor del otro. ¿O es que cuando vaya a México lindo y querido o a Buenos Aires, Santiago de Chile o Panamá a vender calçots, cava o independentismo solo va utilizar la lengua vernácula?

Los tiempos que corren, en los que las poses, las imposturas, las negociaciones de mentirijillas, la incertidumbre, el matonismo, la insolvencia, el coitus interruptus y la chulería son terreno abonado a la majadería. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra o lance el segundo escupitajo. Pero siempre hay alguien que destaca para llevarse el trofeo de Majadero Mayor del Reino. Por ejemplo, el alcalde popular de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que todavía no ha hecho caca en el retrete que le ha adjudicado el pacto con Ciudadanos con la venia de la ultraderecha y ya acumula méritos suficientes para alzarse con el galardón. Ha sido a propósito de la supresión de Madrid Central, un proyecto de la anterior corporación para reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera capitalina y racionalizar el tráfico, cuando el primer edil ha apuntado maneras al mofarse de una protesta ecologista por la contramedida municipal con un desprecio que se concretaba en la frase ‘hay que reconocer que es envidiable el tiempo libre del que disponen para poder hacer estas acciones. Nosotros, como tenemos que trabajar, como tenemos que sacar los asuntos que afectan a los ciudadanos, pues no tenemos el tiempo libre para sentarnos ahí encadenado’. Todo un serio alegato sobre la importancia real que le da a una realidad asumida por casi todos como el cambio climático que causa, según datos médicos contrastados, miles de muertos en España cada año.

Almeida, no olvidemos el nombre del sujeto porque ha de deparar momentos de gloria a la patria, sigue la estela de su ancestros Aznar y Rajoy. El primero infravaloró el problema situándolo en la posteridad y dando ejemplo de una irresponsabilidad que a lo mejor sus propios hijos acabarán reprochándole. Y el segundo, ay el segundo, lo redujo a un chascarrillo de los suyos cuando al ser interpelado al respecto respondió que un primo suyo catedrático de Física en la Universidad de Sevilla le había prometido que no era posible predecir ‘ni el tiempo que va a hacer mañana en Sevilla’. Más tarde rectificó, pero ya era tarde: la majadería había calado.

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