¿Y si se fueran a hacer gárgaras?

JESÚS ALONSO  

Ellos sabían lo que los espectadores sospechaban: estaban protagonizando uno de los mayores espectáculos jamás visto en el Congreso de los Diputados. Será por eso por lo que miraban de soslayo a la pantalla cada vez que se les aludía desde la tribuna de oradores. Estaban seguros de que conformaban el elenco del Circo del Sol o, mejor, el de los Horrores, y componían el gesto o lo desencajaban en cuanto la cámara de televisión se detenía un par de segundos en sus escaños. De entre las estrellas –funambulistas, equilibristas, prestidigitadores, etcétera- el que más se metió en el papel de ese voyeur de sí mismo que es Cristiano Ronaldo y, por lo tanto, al que más se le notaba la pose, fue el líder de Podemos Pablo Iglesias. Esa mirada fija y firme, a medio camino entre la indignación del ofendido y el mal de ojo del brujo, sostenida sobre la figura de Pedro Sánchez, solo se relajaba después de que un vistazo al monitor le aconsejara cabecear de izquierda derecha como signo de desaprobación o de cabreo.

El presidente del Gobierno en funciones, que estaba a punto de reeditar pasados fracasos, apretaba los dientes para marcar músculo en la mandíbula, ya que no en otro sitio, y también dejaba deambular su testa de Este a Oeste, y viceversa, en cuanto intuía que se había convertido en el sujeto objeto del objetivo. Por su parte, el jefe de la oposición igualmente en funciones, Pablo Casado, miraba de hito en hito a la tele, pero sin alterar ni un ápice la sonrisa boba que se había implantada como una mascarilla estética desde el preciso instante en que supo que formaba parte de una mascarada. Tan feliz estaba de la marcha del debate de investidura que hasta dejó traslucir un a modo de apostura digna del hombre de Estado que le niegan las urnas y su evanescente trayectoria. Y exultante y tan acelerado como siempre, con sus neochascarrillos sobre banderías y planes de demolición que imputa al PSOE y a sus hipotéticos socios, se ofrecía al escrutinio público el diputado Albert Rivera, que tiene el mismo problema con la voz que con el gesto aunque ello no impidió que siguiera fielmente la liturgia de primero mirar y luego dibujar en la boca ese rictus que le hace incompatible con la sinceridad y, por lo que se ve, con muchos de sus compañeros de dirección.

Como todo buen espectáculo, éste debe continuar. Así que el Rey ha organizado unos bolos con la finalidad de que los partidos vuelvan a reunirse para desbloquear una situación que está provocando un aumento exponencial del bochorno ambiental. Septiembre será el mes marcado en el calendario para que los contendientes sigan presuntamente intentando formar algo tan elemental como un gobierno que hinque el diente a los graves problemas que tiene planteados el país. Si dentro de apenas sesenta días los principales actores de esta cochambre no consiguen dejar de observarse el ombligo estallará de nuevo en noviembre esa gran farsa de la democracia que son en España las elecciones, con sus promesas por parte de la izquierda cainita de regenerar la vida pública, sus apelaciones al votante para que cierre el paso a la extrema derecha, sus propósitos de mejorar la vida de los ciudadanos y otras milongas semejantes que ya se plantearon como banderín de enganche frente a las derechas en los últimos comicios con los resultados ya padecidos.

El problema de Pedro y Pablo es que si se repiten los comicios a lo mejor no tienen oyentes a los que dirigirse. Ni ellos ni las formaciones que representan. Porque el público solo quiere bises si el espectáculo es bueno. Y el que nos han brindado a lo largo de las últimas semanas no resistiría dos tardes en la feria patronal del más recóndito de los pueblos. ¿Con qué quijada se presentaría el candidato Sánchez ante el personal en la campaña? ¿Con qué mirada acudiría a los debates, si los hubiere, Iglesias, el socio encargado de frustrar gobiernos de izquierda? Hasta el paripé de septiembre vamos a hartarnos de oir que la culpa, toda la culpa, es del otro. Como si eso importara a estas alturas del fraude a los electores que votaron una u otra opción en la confianza de que, ingenuos ellos, las dos harían lo que habían suscrito sus voceros mediante contrato verbal no reglado. A lo mejor llegado el caso la solución sería que ni el uno ni el otro estuvieran en la reválida de otoño. Otra prueba, para superar la cual los socialistas otean ahora a su derecha más para presionar de forma chinchorrera a Podemos, que parece haber entrado en fase de extinción, que para otorgar carta de naturaleza a una asociación por omisión de momento inaudita con los que han oxígenado y dado relevancia a la extrema derecha de Vox, cada día más crecida en su papel de guardián de las esencias con alcanfor.

Seguimos en el frenopático, pues. Cuando no hay química la función del roce, que es hacer cariño, se convierte en rozadura antes de infectarse. Y ahí estamos: viendo pasar el tiempo mientras,a la vista de lo visto, empezamos a temer si no sería peor el remedio que la enfermedad.

 

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar