Abramos una cuestación popular para el pobre Blasco

JESÚS ALONSO  

El conseller más infame de cuantos han poblado la administración autonómica valenciana, que ya es decir, Rafael Blasco, hizo uso de su derecho a pronunciar la última palabra en la sesión que cerraba el juicio que lo ha sentado durante tres meses en el banquillo por el desvío de ayudas a la cooperación cuando ostentaba la cartera de Solidaridad en el gobierno de Francisco Camps. Se podía haber ahorrado el monólogo y de rebote habernos evitado a los demás el bochorno, pero el delincuente convicto y confeso, que había salido en semilibertad tras pasar tres años y medio en la prisión de Picassent en febrero por una pieza separada del mismo caso, optó por intentar tocar la fibra sensible del personal.

Ganas daban de echársele al cuello no para presionar su nuez por mangante y chorizo, sino para fundirse en un abrazo solidario con quien, insensible al dolor ajeno, dedicó a lucrativos negocios particulares el dinero público destinado a construir un hospital en la devastada Haití. Porque, mira por dónde, después de quedar el juicio visto para sentencia, y pese a la demoledora fuerza de las pruebas acumuladas y de los testimonios escuchados, el camaleónico expolítico, militante en las más variadas y contradictorias ideologías a lo largo de su oscura carrera, no solo aseveró que no había formado parte de ninguna trama delictiva, que al fin y al cabo es lo que corresponde cuando le dan carrete a alguien tan desacreditado socialmente como desarmado moralmente, sino que, además, expresó el ‘dolor de corazón’ que había sentido al firmar el pacto con la Fiscalía para rebajar a tres años y medio la pena que se le pedía pese a no haber participado ‘en ninguna irregularidad administrativa en los expedientes de cooperación’.

Mueve a la ternura semejante alarde declamatorio en un hombre que, aunque acusado de prevaricación, cohecho, asociación ilícita, malversación, encubrimiento, fraude de subvenciones, blanqueo y falsedad documental, es capaz de admitir los hechos y negarlos en el mismo párrafo. Y provoca el desgarro, incluso en aquellos con las almas más endurecidas, conocer viva voce la precaria situación económica en la que se encuentra el que fuera mano derecha del investigado Eduardo Zaplana junto a otro prohombre expresidiario como Luis Fernando Cartagena -Dios los cría y ellos se juntan- en los albores del saqueo comunitario.

Asegura Blasco, y habrá que creerle igual que cuando proclama su inocencia, que es insolvente hasta el tuétano, que tiene embargadas dos propiedades en la Barraca d'Aigües Vives y que, fíjate tú, hasta se ha visto obligado el pobre a entregar un bajo propiedad de su hija porque no le queda patrimonio de tanto hacer frente a la devolución del dinero sustraído en el quilombo que montó con sus numerosos cómplices. ¿A que entran ganas de promover una cuestación popular para ayudar a esta víctima del perverso sistema judicial que ha perdido todo lo que ganó honradamente, seguro, en buena lid, por supuesto, a base de trabajo, dedicación y sacrificio, como está mandado, y con la vista siempre puesta en el bien común y en el interés general, faltaría más?

Estos jeremías que llegan a creerse sus propios embustes y pretenden conmover al público mediante lacrimógenos juegos florales orquestados por sus abogados tienen un morro que se lo pisan.

 

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