Abonados a la basura

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEl problema del alcalde de Alicante Luis Barcala, como el de los demás munícipes que le precedieron, era que las banderas azules no le dejaban ver el bosque de cochambre que había al otro lado de la playa. Para ser exactos, verlo lo vio, pero no antes de subir el sueldo a la corporación recién emanada de las urnas y de que los hosteleros, muchos vecinos y, a remolque de todos ellos, la leal oposición, pusieran el grito en el cielo. Barcala, al igual que sus antecesores en similares situaciones, elaboró un plan de choque coincidiendo casualmente con las elecciones municipales que pormenorizaba toda suerte de medidas tanto educativas como coercitivas y que ha acabado a los pocos meses de su implementación donde suelen finalizar las buenas intenciones: en la basura. Incluso sacó un sofá en buen uso a la Explanada para desde allí, sentado junto al concejal del ramo, hacerse la foto y proclamar el lema que en materia de limpieza se ha convertido en su epitafio: «Alicante es mi casa».

El alcalde, que tiene ya algunos trienios en el Consistorio, sabe que hay dos factores que hacen que la ciudad que regenta sea una de las más sucias de España, como demuestran las encuestas y lamentan los turistas y visitantes que osan cruzar el Rubicón de la plaza de Los Luceros. El primero es la incapacidad de sus gestores (ombliguistas todos y la mayoría de ellos más pendiente de la floritura y el castillo en el aire que de la acción contundente por impopular que parezca) para poner remedio al secular problema. El segundo, aunque el orden bien podría alterarse, es el poco apego que le tiene una muchedumbre de vecinos a la urbe en la que viven y trabajan. Que la limpieza no va con ellos pese a que paguen la abultada contrata religiosamente en los tributos locales es un hecho constatable mediante algo tan empírico como el simple vistazo.

No es necesario el reproche público de uno u otro sector productivo ni el análisis de algún sesudo sociólogo: Alicante, sobre todo los barrios más alejados del centro pero no por ello con menos derechos, es un inmenso y apestoso vertedero en el que las bolsas de plástico, todo tipo de papelería, envases variados, colillas y demás residuos sólidos y líquidos se acumulan, y no por generación espontánea, en alcorques, parques, calzadas, aceras y cunetas convirtiendo en el día de la marmota el trabajo de los empleados del servicio cuya presencia, por otro lado, no tiene nada ver con la que se registra cuando suenan los clarines electorales y el Ayuntamiento decide barrer para casa. En las fechas previas a las municipales, hasta escobones de los de andar por casa pudo ver el arriba firmante en manos de los barrenderos mientras las sopladoras y las máquinas aspiradoras trabajaban a destajo. Su impresionante visibilidad acabó en cuanto cerraron los colegios electorales, pero, qué cosas, los contenedores de basura orgánica, de vidrio, papel y plástico, siguen ahí, deteriorándose al sol qué más calienta y dejando una imagen de abandono que, eso sí, marida muy bien con el entorno.

La prueba del nueve del fracaso del enésimo plan de limpieza es que el Ayuntamiento haya reaccionado a las críticas –aparte de anunciando acciones que se revelarán inútiles a la postre– haciendo saber, como en los pregones antiguos, que la Policía había interceptado a un asilvestrado depositando escombros en un contenedor ordinario y que, oiga, sobre él iba a caer todo el peso de la ley. La anécdota movía a risa porque al ser elevada a la categoría de noticia evidenciaba que, a juicio del edil responsable, estábamos ante algo insólito. Sobre todo si te enterabas después de darte un garbeo por la campiña próxima, donde las escombreras ilegales son ya casi yacimientos arqueológicos a los que se llega previo paso por solares sin vallar convertidos en estercoleros y por pintorescas áreas reforestadas con pinos plantados por ecológicos perros. Los carteles que prohíben acá y acullá depositar restos de obra bajo multa de tantos o cuantos euros dan sombra a los ladrillos, azulejos, trozos de retrete, sacos de cemento medio vacíos y otras piezas de coleccionista. Algún alcalde acabará inaugurándolos aprovechando la declaración de Alicante como ciudad pionera en el desarrollo de la industria digital o algo así. De relumbrón y tal.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar