Pero qué cochambre

JESÚS ALONSO  

Pues nada. Aquí, como la Puerta de Alcalá, tralará, tralará. Viendo pasar el tiempo. Esperando el regreso de la momia que nunca se fue si nos atenemos al cúmulo de insolvencias pronunciadas por una derecha política y sociológica que se resiste a admitir la evidencia y que refuerza su invencible contumacia aprovechando que el Pisuerga pasa por el Valle de los Caídos para refrescarnos la memoria con la quema de iglesias, como acaba de hacer la presidenta popular de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con el apoyo de su asociado de Ciudadanos y vicepresidente Ignacio Aguado, a cuya sombra el tercero en concordia, el ultra Ortega Smith, atribuyó a las Trece Rosas atrocidades durante la guerra sin ninguna aportación probatoria.

Igual que Sarita Montiel esperaba fumando al hombre que más quería, el personal aguarda echando humo la sentencia del Supremo sobre el procés y sus inevitables consecuencias de cara al 10 de noviembre previa bronca entre nuestros próceres y próceras. Unos verán en el fallo una cesión indecente a los intereses de los independentistas y, en consecuencia, a la estrategia electoral del Gobierno en funciones y al partido que lo sustenta, y otros exhibirán la resolución en un marco de plata como testimonio irrefutable de la independencia judicial y de la separación de poderes que rige un sistema democrático a prueba de tensiones que ha demostrado su solidez a los largo de los últimos cuarenta y tantos años. Y tal y cual.

O sea que mientras cogemos sitio en primera fila bien provistos de pipas y palomitas, conguitos y chuches, para no perder detalle de la crisis que se avecina a velocidad de Titanic y que, como siempre, nos pillará sin suficientes botes salvavidas, o con los disponibles agujereados, los dirigentes que sufrimos continúan embebidos en sus cuitas. Como si la debacle no fuera con ellos, y ajenos al parecer a que estamos a punto de padecer los cuartos comicios generales en otros tantos años o, lo que es lo mismo, el segundo fiasco en poco más de seis meses si nadie lo remedia, los mendas lerendas acaban de escenificar uno de los espectáculos más cochambrosos de los últimos años -y mira que hay donde elegir- al decidir restringir, prácticamente por unanimidad (¡ooooh!) los gastos electorales dedicados a la propaganda. Ante notario (¡aaaaah!) han firmado un acuerdo al que, por lo menos, le ha faltado una adenda renunciando a los emolumentos percibidos desde abril por tocarse públicamente la barriga y otras partes blandas.

Vamos, que mientras por estos pagos nos muestran en la hoja de servicios como distinción una nimiedad con la que se pretende dar solemnidad a un consenso de chiste que es producto de la mala conciencia derivada de la irresponsabilidad económica consustancial a tanto gasto en citas con las urnas, en otros países de nuestro entorno nos sirven sopas con honda. Alemania, sin ir más lejos, salvando las abismales distancias y con todos los peros que se le quieran poner, veía como hace menos de un mes cristalizaba un acuerdo de gobierno entre socialdemócratas y conservadores para inyectar 54.000 millones de euros a la lucha contra el cambio climático. Fueron necesarios varios meses de hincar los codos y una última sesión de quince horas ininterrumpidas para que los negociadores se levantaran de la mesa con los deberes hechos aunque con críticas por parte de los ecologistas. Y pocos días después el ministro de Economía de Merkel anunciaba una suma similar para hacer frente a la crisis y lanzaba un mensaje de confianza: estamos preparados, dijo.

Como aquí. En un tris estuvieron las ministras del espectro económico de Pedro Sánchez de decir que vislumbraban 'brotes verdes', como hizo la plenipotenciaria lince socialista Elena Salgado poco antes de que el país se hundiera, tras conocerse los datos del paro de septiembre. Pues eso, aquí andamos. Templando gaitas. Esperando a que el próximo fin del mundo nos pille esperando.

 

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