De iglesias y monasterios

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEs curioso que una de las más insignes dirigentes de la extrema derecha se apellide Monasterio y que al que ostenta la máxima dirección en sus antípodas ideológicas le figure en el carnet de identidad el de Iglesias. ¿Quiere ello decir que los extremos se tocan? Pues vaya usted a saber. De momento lo que sí parece claro es que nominalmente están más cerca de lo que se piensan. Al menos clericalmente hablando, Rocío y Pablo se encuentran en el mismo plano arquitectónico, si bien la primera ostenta el empaque monástico que corresponde a su rango y condición social mientras que el segundo se queda en parroquia de pueblo o en ermita de montaña, como está mandado para un descamisado aunque sea de mentirijillas.

Claro que las similitudes no acaban ahí. Ambos tienen cónyuges con los que dirigen al alimón sus correspondientes partidos, a los que representan en las instituciones, en una suerte de tándems que, dicho sea de paso, revuelve un pelín las tripas si nos paramos a pensar que los salarios que entran en sus moradas salen del erario, o, lo que es lo mismo, de bolsillo del contribuyente. Pero es que, además, las parejitas, émulas de Isabel y Fernando, Néstor Kirchner y Cristina Fernández o Fred Astaire y Ginger Rogers, según se mire, han sido bendecidas por el Altísimo con familias numerosas.

Puestos a buscar paralelismos no habría que echar en saco roto la coincidencia de que tanto la una como el otro llegaron a la política patria como redentores desde sus irreconciliables ámbitos de pensamiento. Y que si el segundo perdió casi todo el crédito -el político, no el otro- que aún conservaba cuando se compró un dacha en Galapagar a medias con Irene Montero que les costó un potosí después de darnos la tabarra durante años con la toma del Palacio de Invierno, la indecente distancia que separa a las clases altas de las más desfavorecidas, la precariedad laboral o la insoportable racha de desahucios que se ceba en los de siempre, a la primera también se le ha introducido una piedra en el zapato por culpa del sector de la construcción, tan en auge ahora como lo estuvo diez minutos antes de que el país se pegara el gran batacazo que propiciaría la no menos espectacular crisis.

Resulta que Rocío, regeneradora de la cosa pública y azote confesa de las prácticas deshonestas, no recordaba en primera instancia, para admitirlo después, si en 2003 era o no arquitecta. Lo cual tendría un pase en el supuesto de que la esposa de Iván Espinosa de los Monteros tuviera, pongamos, ciento diez años. Pero como no es el caso y como encima se da el agravante de que sobre ella pesa la evidencia de que firmó proyectos sin haber acabado la carrera, y descartada por razones biológicas la amnesia senil, habrá que pensar en otras posibilidades. Si a todo ello le añadimos el hecho de que al matrimonio le rodea la polémica y le caen constantes denuncias por una actividad profesional anterior a su nueva vida siempre relacionada con el ladrillo, habremos de convenir en que dos y dos son cuatro y que los salvadores deberían hacérselo mirar antes de hipotecarse con sus propias miserias.

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