¿Cuándo son las próximas?

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSi nos atenemos a lo visto y escuchado en el debate electoral que escenificaron los candidatos de los cinco principales partidos a la Presidencia del Gobierno en las elecciones generales del 10-N solo resta esperar a conocer la fecha de celebración de los próximos comicios. Porque el que se anunciaba como el acto clave para convencer a los indecisos solo despejó una incógnita: la abstención o el voto albino parece ser la opción ciudadana más coherente, al menos como correctivo, frente a una clase política que vuelve a mostrarse incapacitada para desbloquear una situación que nos aboca al bucle permanente. Dispongámonos pues el lunes, salvo sorpresa mayúscula que incline la balanza de forma masiva en favor de uno u otro partido, que solo pueden ser el PSOE o el PP, a asistir a un nuevo déjà vu.

Y mientras se verifica el cuarto fiasco en otros tantos años, porque la posibilidad de un pacto transversal se antoja una entelequia habida cuenta la actual ausencia de química entre los actores de la comedia, que se transformará en tragedia mañana si, como apuntan, se avecina tormenta económica, descendamos a los detalles del sainete que nos sirvió la televisión con la parafernalia propia de los grandes eventos. Lo cierto es que después de contemplar al líder de Ciudadanos haciendo monerías a un perrillo uno no esperaba mucho más de Albert Rivera. Por eso lo del adoquín made in Barcelona, que en puridad no era tal, apenas sorprendió al respetable, que al poco tiempo de comenzar la pelea ya luchaba por mantener los ojos abiertos.

Fue en esos instantes, con el líder naranja sobreexcitado y exhibiendo un kilométrico listado de concesiones a Cataluña por parte tanto de los gobiernos del PSOE como del PP, cuando su potencial socio en un hipotético Ejecutivo de derechas, Pablo Casado, le dijo abiertamente que parara el carro, que el enemigo era el que tenía dos cuerpos más allá y que dejara de tocarle las partes pudendas. Lo hizo de manera tan airada que parecía de verdad, oiga, hasta el punto de que el declinante Rivera balbuceó un a modo de jaculatoria y se convirtió en estatua de sal.

O sea que mientras la derecha, digamos civilizada, asistía a la clase de Formación del Espíritu Nacional que estaba impartiendo el montaraz Santiago Abascal con el sosiego que le daba el hecho de saberse cada vez más querido por el electorado según las encuestas, el presidente en funciones y aspirantes socialista no paraba de tomar notas y revolver papeles. ¿Qué escribía Pedro Sánchez mientras sus compañeros de plató le daban estopa a diestro siniestro, ora por traidor y vendepatrias (Casado-Rivera-Abascal), ora por su reticencia a bajarse del burro y alcanzar acuerdos con quien bien te quiere aunque te haga llorar (Iglesias), ora por ser el culpable de la repetición electoral (Casado-Rivera-Abascal-Iglesias-Sánchez y viceversa)? ¿Tomaba notas, tomaba nota o hacía garabatos con un boli que, a lo mejor, ni tenía tinta?

El nivel del debate fue directamente proporcional al nivel de sus protagonistas. Hablar hablaron, pero ¿qué dijeron? Pues lo de siempre: lugares comunes, sonsonetes, mentiras, medias verdades, presuntas gracietas, supuestas solemnidades, argumentario con aroma a naftalina y pasado, mucho pasado. En cantidades ingentes. Remontadas al pretérito que, a lo que se ve, no fue tan perfecto como quieren hacernos creer. Del futuro, poca cosa. En vísperas de la publicación de los malos datos del paro fueron escasísimas las alusiones al principal problema que tiene planteado el país, no tanto por cantidad cuanto por calidad. Hubo, eso sí, quien quiso epatar a los televidentes. Sánchez dijo apresuradamente, y aprovechando el resquicio que le dejaron para meter la morcilla, que, si seguía en la Moncloa, Nadia Calviño sería su vicepresidenta económica. ¿Y? También lo fue Elena Salgado de Zapatero y ello no le impidió confundir los brotes verdes con otros productos agrícolas que fumados como pitillos llevan al consumidor a un estado onírico o abiertamente alucinado. Y también sugirió como método antibloqueo que se permitiera gobernar al partido más votado. Como si tal cosa fuera una posibilidad en la España de la bronca permanente.

¿Que quien ganó? Pues nosotros no, por supuesto. Perdimos horas de sueño.

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