Estrepitosa sinfonía

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEra de esperar. El abrazo amoroso que sobre el papel pone fin a la desconfianza mutua que después de las penúltimas elecciones generales llegó a poner en boca de Pedro Sánchez que no podría dormir tranquilo si dejaba entrar a Pablo Iglesias en la cocina de la Moncloa ha propiciado un tumulto de dimensiones directamente proporcionales al alcance del preacuerdo. Con la Banca haciendo saltar la Bolsa en los días siguientes a la escenificación del pacto en una clara advertencia al electorado de que el Ibex 35 no comparece en las urnas pero sí decide, y la ultraderecha ahondando profundamente en las consecuencias apocalípticas de un gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos que ya formuló Sánchez en 2014 con su proverbial imprudencia, para desdecirse un par de años después, el alboroto se ha convertido en la banda sonora que escuchamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Aunque ya no llame la atención que el descerebrado president del Govern Quim Torra y los abducidos que le rodean consideren que los cortes de carreteras y demás algaradas que están empobreciendo a Cataluña y llevando al límite la sensatez de miles de damnificados entran dentro de la normalidad y de la obligación de las instituciones de garantizar los derechos de manifestación, la libertad de expresión, etcétera, hay otros asuntos más despegados de la camisa de fuerza, pero igualmente merecedores de un severo chequeo psiquiátrico. Contribuye al aumento de decibelios ambientales, por ejemplo, que el PP de Pablo Casado proponga a toro pasado un cambalache con los socialistas del que abjuró en repetidas ocasiones durante la campaña, cosa que también hizo el Cs del desaparecido Rivera, inventor de los cordones sanitarios, que ahora daría la mitad de los magros escaños obtenidos, y hasta uno de los riñones de Malú, si con ello pudiera rebobinar.

El ensordecedor ruido subsiguiente al anuncio del pacto va a ser una nana en comparación con la que se avecina si se consuma. Pero de momento no hay sordina que atenúe el estruendo. Como no podía ser de otra forma, la parte contratante de la segunda parte, es decir, Iglesias, se ha sumado a la sinfonía con una carta a los creyentes en la que además de admitir que habrá que renunciar a parte del programa con el que Podemos se presentó a los comicios y de prevenir a la tropa contra la ofensiva de quienes buscarán su ruina política a base de dinero y de intoxicaciones mediáticas, les recuerda que el cielo ya no se asalta, sino que «se toma con perseverancia». Amén.

Sin embargo, lo que de momento más ha llamado la atención del arriba firmante dentro del guirigay ha sido la reacción de Felipe González. Dice el expresidente e introductor en España de la puerta giratoria que le huele mal el potaje que se está cociendo a fuego tal vez demasiado rápido. Asegura que siente «orfandad» representativa, «como los jóvenes», con lo cual enmienda a la totalidad a su partido y critica que los firmantes hayan hablado de cargos antes que de programa, aunque ello, aduce con no poca coña, pueda facilitar la gobernabilidad porque «si tienen un carguito pelean menos otras cosas».

Ya ¿Y tan senil está que no recuerda cuando él, en complicidad con José Bono en primera instancia, dio uno de esos «carguitos» al juez Baltasar Garzón en su Gobierno para que dejara de meter las narices en los GAL?

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