Procés político versus proceso gástrico

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoTeníamos al Quim Torra irresponsable que promueve las algaradas callejeras causantes de sustanciosas pérdidas económicas y generadoras de coacciones que con el pretexto de la sacrosanta defensa de una supuesta libertad de expresión y manifestación cercenan el derecho al libre albedrío de gran parte de la población que le paga el sueldo. Sabíamos, porque consta con claridad meridiana en sus escritos autógrafos, que el presidente del Govern es un rematado supremacista que destila odio contra la periferia de su propio ombligo. Conocíamos su propensión al martirologio, expresada una y mil veces en sus desiderátums públicos, ora encendidos e incendiarios, ora con el sosiego beatífico de quien se cree en posesión de la Verdad, y su tendencia al desafío por más desasistido que esté en el razonamiento que lo impele y por más obvias que sean sus consecuencias. Nos cabían pocas dudas de que en el fondo de su ser independentista no es otra cosa que un gamberro sin causa que ha elegido la vía hacía ninguna parte para entrar por la puerta grande en la pequeña historia de la estupidez. O por la puerta pequeña en la gran historia de la estupidez contada a los niños.

Creíamos que después de tanta exposición pública y de tanta majadería simbólica, habíamos sido capaces de dibujar un retrato robot del sujeto bastante fiel al modelo original. Parecía que sus características antropomórficas, su gestualidad y su prosopopeya nos habían desnudado a la persona que oculta el personaje, ¿no? Pues no. Resulta que además de todo lo apuntado y por apuntar, el jefe del Gobierno de Cataluña es gracioso o, al menos, graciosillo. Por inverosímil que parezca dada su estructura ósea y mental –si utilizamos su mismo lenguaje racista– así lo demostró en la comida que la secta celebró como acto de desagravio de los políticos presos el domingo, víspera de su comparecencia en la Audiencia de Barcelona para ser juzgado por desobedecer a la Junta Electoral al negarse a descolgar lazos amarillos de edificios institucionales.

Dijo el maestro de ceremonias del ágape a sus discípulos que había comido «un plato de butifarra con judías bastante contundente y, según las preguntas que me hagan en el juicio, la cosa puede salir por un lado o por otro». La escatológica respuesta obtuvo rápido acomodo en esas redes sociales propagadoras de toda suerte de pestes. Podía haber sido interpretada por el tribunal que lo iba a juzgar como un desacato, o al menos como un desatasco. Pero, al parecer, sus señorías prefirieron dejarlo correr. Tal vez consideraron la intervención presidencial como una especie de análisis gastronómico-gasístico en el que la suma de la potencia generadora de metano de la legumbre y la grasaza que acumula la tradicional longaniza catalana no eran capaces de originar un artefacto de mayor capacidad detonadora que los intervenidos a los CDR.

Sin embargo, al dirigente secesionista le faltó elocuencia. Y mira que tenía la chuleta aquí al lado, en esa parte de lo que la ortodoxia considera Països Catalans que se denomina Alicante. En la Defensa del pedo que escribió en latín en torno a 1690 el canónigo de la Colegial de la ciudad, Manuel Martí, se menciona a Estrepsíades y Aristófanes para echarle verso a la ventosidad y a la subsiguiente defecación a la que se refiere de forma tan prosaica Torra: «Cual trueno, el caldo resonar se siente / en mi buche; se sigue un estallido, / y en voz baja un papax; luego despedido / un pappappappax ruidoso; y finalmente / con un pappappappax alborotado, / hago la caca y quedo sosegado».

No se sabe qué comieron los amigos, pero algo más de calidad sí que tiene esta descripción del proceso gástrico. No confundir con el procés ni con el procesamiento. Aunque sean flatulencias igualmente fétidas.

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