Para echarse a temblar

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEl Congreso de los Diputados es en sí mismo un circo a escala nacional en el que se puede ver de todo: desde equilibristas hasta ilusionistas y desde malabaristas hasta payasos. Cuando logra la estabilidad y su funcionamiento no se ve alterado como ahora por la incertidumbre derivada de la incertidumbre, valga la redundancia, por allí desfila toda suerte de especímenes políticos que con mayor o menor fortuna suelen demostrar, con una contumacia digna de elogio si se tratara de atletas en busca de reconocimiento olímpico, que su nivel y su voluntad real de servir al público que los eligió fluctúa entre lo bajo y lo abismal. Se mida con el listón que se quiera.

Resultaría prolijo pasar lista aquí de las señorías que han hecho carrera en su bancada como profesionales del espectáculo porque forman legión, pero a nadie se le escapa que, en conjunto, son escasas las veces que han estado a la altura de las circunstancias. Ni en los momentos más duros –y mira que los ha habido, los hay y los habrá– han sido capaces de consensuar algo útil para sus patrocinadores sin antes hacerlo pasar por el tamiz del cálculo electoral y de la oportunidad partidista. O simplemente de la chinchorrería.

Tal vez sea la acumulación de actos inaugurales de los últimos años debido al endiablado reparto de asientos lo que ha convertido al Hemiciclo en un promiscuo cabaret en el que quien más quien menos busca una gloria que, aunque fugaz, le permitirá ser mencionado con nota en el Diario de Sesiones o, al menos, en el cuaderno escolar del parlamentarismo patrio por los siglos de los siglos. En el numerito estaba pensando, como lo estuvieron los 69 congresistas de Podemos nada más acceder a la Cámara Baja tras las elecciones de 2015, la diputada de ERC Marta Rosique cuando mencionó a los cuatro compañeros presos después de ser condenados en la causa del procés mientras leía los nombre de los electos en su calidad de miembro de la Mesa de Edad durante la apertura de la XIV Legislatura. A sus 23 años la criatura obtuvo la reconvención del patriarca provisional del arca en el que reside la soberanía popular y otras gaitas, Agustín Javier Zamarrón, un sosias premeditado de Valle Inclán que le viene pintiparado a la institución habida cuenta de los esperpentos que acoge con tanta asiduidad como éxito.

El buen hombre, que presidía de nuevo el aquelarre en su condición de abuelo cebolleta tras la intentona de abril, comenzó el bolo pidiendo perdón al respetable por la repetición electoral. Y ahí se acabó la sensatez. La novel independentista, ya queda dicho, quiso introducir la morcilla reivindicativa sin lograrlo mientras la portavoz socialista Adriana Lastra sí que conseguía meter la pata y hacerse una esguince en el tobillo cuando se dirigía a votar. Lo cual, dado que es la principal negociadora en las conversaciones que lleva a cabo el PSOE para sacar adelante la investidura de Pedro Sánchez, se presta a todo tipo de elucubraciones y chascarrillos. Y al mismo tiempo los cruzados mágicos de Vox se constituían en cuerpo de elite tipo Equipo A, o así, para bloquear los accesos al edificio en una operación relámpago y ocupar los escaños más codiciados por su exposición a los medios de comunicación.

O sea que estos son los mimbres con los que hay que hace un cesto que, a lo mejor, se desfonda pasado mañana. Si hasta aquí la Cámara había sido la envidia de los faranduleros profesionales, a partir de ahora no sería de extrañar que les llovieran denuncias por competencia desleal. Por lo que se vislumbra en lontananza, a lo mejor sería conveniente que tampoco en esta ocasión se formara Gobierno. Miedito sí que da la que nos espera.

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