Fantasmas navideños

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoFue oír al alcalde de Alicante Luis Barcala mentar la bicha del palacio de congresos en el debate sobre el Estado de la Ciudad y rejuvenecer no menos de veinticinco años. De nuevo se nos aparecía el fantasma que se movió entre el hotel Meliá y La Sangueta para acabar confinado en su propio sudario tras pasar por la ladera del Benacantil, donde todavía es bien visible la herida abierta en el monte. Otra vez el anuncio solemne de un proyecto frustrado en una urbe siempre a medias donde los sueños devienen habitualmente en pesadillas. En el sur, porque el sur también existe, dijo la primera autoridad local que se iba a construir el centro en la década que inauguraremos cuando acabe 2020. En el sur, se supone, porque en el punto cardinal más opuesto ya tenemos el Auditorio de la Diputación ADDA, que no siendo un edifico congresual hace las veces de parche desde que fue ofrecido por el entonces presidente de la Institución Provincial, José Joaquín Ripoll, a la alcaldesa Sonia Castedo.

Y como las pesadillas no lo serían tanto si en ellas no tuvieran un papel estelar los monstruos, nada más hacer Barcala el anuncio se corporeizó ante el personal que poblaba tanto el salón de plenos municipal como la calle el mismísimo Luis Díaz Alperi, el marinero en tierra que se embarcó en el suntuario fiasco sin encomendarse a Dios ni al Diablo. Tiempos aquellos en los que el siempre sospechoso regidor fundió una buena parte del erario en la maqueta y los planos de lo que iba a ser su pirámide en vida cuando pensó en el barrio de la Sangueta. Frustrado el invento, excavó la emblemática montaña que sustenta el castillo de Santa Bárbara un poco antes de que la protesta ciudadana, primero, y las resoluciones administrativas después, lo enterraran definitivamente bajo una gruesa capa de dinero mal empleado y de tiempo perdido.

Pronuncio Barcala «Centro de Congresos», así, en mayúsculas, porque el Alicante la minúscula no existe, y se oyó un murmullo que fue creciendo hasta convertirse en carcajada. Sobre todo porque el propósito iba unido a otra bicha: la elaboración del Plan General de Ordenación Urbana que es la asignatura pendiente desde el año de la catapún. Habló de viales y de ejes de desarrollo, y de vertebración y de regeneración y tal y tal, que diría su homólogo fallecido Jesús Gil y Gil, en una ciudad, la que regenta por ahora en coalición con el todavía partido naranja de Inés Arrimadas, cuyas autoridades siempre han mostrado una clamorosa incapacidad para solucionar los más pedestres de sus problemas.

Y, oiga, fue ponerse el munícipe a hacer gárgaras con las siglas PGOU y volver a asomar el ectoplasma de Cantallops, aquel arquitecto contratado por el Ayuntamiento en tiempos pretéritos para que dibujara el Alicante del futuro que fue despedido cuando se negó a pasar por el aro del plan a la carta que quería imponerle el mentado Alperi. No le gustaban los trazos del urbanista como tampoco fueron del agrado del empresario corrupto y financiador del PP, Enrique Ortiz, las líneas de la siguiente intentona ahora en los tribunales. Razón por la cual pidió a la sucesora del que también fuera presidente de la institución provincial, Sonia Castedo, que le coloreara un par de parcelas, le corriera otras tantas rayas sobre el papel y le moviera bisectrices para que así sus intereses económicos quedaran satisfechos saliéndose por la tangente de la irregularidad.

Plagadito de fantasmas dejó Barcala el Consistorio en su logrado intento de arrancar una sonrisa torcida o una abierta risotada a sus conciudadanos. Saben estos que no verán sus ojos ni la tercera parte de lo que les ofreció el orador en plan regalo navideño. Como todo buen vendedor de burros lo fió todo al largo plazo, que es donde suelen morir las buenas intenciones.

Comparte este contenido:

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.