Más tila y menos comino

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoTras ocho meses de interinidad y varios años de provisionalidad e incertidumbre, tenemos Gobierno. ¿Pero de verdad lo tenemos? Independientemente de que el ya presidente Pedro Sánchez se haya embarcado en el deshoje de la margarita pese a las prisas que le animaron a convertir la Navidad en un grotesco festival y a las lágrimas de alegría del socio mayoritario Pablo Iglesias, con la sonrojante entrega de un ramo de flores a una compañera enferma, y a ese tono pedagógico y estomagante que empleó en las sesiones de investidura, y a su apresurado reparto de cargos y carguitos entre la parroquia podemita, ¿tenemos Gobierno? ¿Lo tenemos aunque el líder socialistas, haciendo uso de sus atribuciones, prometiera ante el rey cumplir y hacer cumplir la Constitución con la indiscutible legitimidad que le ha otorgado un Parlamento hiperfragmentado e hipertrofiado dada la sobreabundancia de ministerios? Pues sí. Sobre el papel, Gobierno habemus.

Pero a la vista de lo visto durante la algarada ¿será un Gobierno que gobierne o una especie de galimatías sujeto a los vaivenes internos y a la agresividad exterior que lo convertirán en breve en un muñeco tentetieso? Experiencias de coaliciones de izquierda haylas en el país y algunas hasta funcionan bien. Sin embargo, con una Cámara convertida por voluntad del electorado en el camarote de los Marx, en la que se está introduciendo un preocupante lenguaje que evoca épocas pretéritas gracias a la reforzada ultraderecha de Vox y a sus antípodas secesionistas, y que cultiva con tanto gusto como imprudencia el asilvestrado PP de Pablo Casado, no parece que el escenario sea el más idóneo como para confiar en que Legislatura llegue a su fin en tiempo y forma. Es lo que hay, que diría el otro.

Y lo que hay, amén de mucho ruido y, de momento, pocas nueces, de cuya cosecha depende el bienestar de los dolientes, es una prórroga de la desazón en curso. Y es que el hecho de que en el sanctasanctórum de la soberanía popular se siente una diputada catalana como la republicana Montserrat Bassa, que cobra del erario y disfruta de las ventajas inherentes a todo cargo público al servicio del mismo Estado que vilipendia con gruesas acusaciones marcadas por la falsedad, es difícilmente soportable. Sobre todo si en el fragor de la gresca su señoría, hermana de una de las condenadas del procés, lanza por esa boquita que Dios le ha dado y la democracia le permite utilizar sin cortapisas, que la gobernabilidad de España le importa «un comino». 

A ver, puestos a saber ya sabíamos que no pocos de los políticos que han adquirido el acta tras su paso por las urnas podrían suscribir la afirmación de la compañera separatistas. Si viven allí a lo mejor es porque no tienen oficio ni beneficio y en el Parlamento se está calentito o fresco, según la estación del año. Pero hasta aquí el arriba firmante no recuerda que alguien se expresara con tanta claridad y desparpajo. Le importa un comino a Bassa lo que le ocurra al que la mantiene. Un comino, planta de tallo rastrero y color verde rojizo, que entre otras cosas se utiliza para prevenir las flatulencias derivadas de la ingesta de legumbres. O sea, un ardite, la moneda de poco valor que se utilizaba en Castilla. Una mierda, vamos. es lo que puede llegar a ser el edificio de la Carrera de San Jerónimo si no se templan lo ánimos. Que no parece.

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