Trastornos de personalidad

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoQue los políticos en ejercicio, y más si lucen galones de gobierno, de representación o de partido, no tienen opiniones privadas si estas se vierten públicamente debería ser algo incuestionable. Sin embargo, es frecuente que se refugien en su malentendido derecho a la privacidad para intentar resolver una flagrante contradicción, subsanar un error de bulto o rectificar una desafortunada intervención que les ha traído no pocos quebraderos de cabeza por su inoportunidad, su manifiesto desconocimiento de la realidad que les rodea o la revelación palmaria de que no están capacitados para regir los destinos de los ciudadanos a los que deberían servir.

Cuando ellos mismos pretenden disociar al político de la persona incurren en el desacato al sentido común. Porque el político, al hablar urbi et orbe con esa verborrea desprovista de matices que le caracteriza, sabe que lo hace desde el púlpito de la intencionalidad pública y no desde la cocina de su casa mientras friega los platos. Por eso no tiene derecho a apelar a su intimidad, ni a sus creencias subjetivas, ni a sus sensaciones epidérmicas, ni a sus profundas reflexiones al borde del inodoro al intentar deshacer un entuerto que le ha situado a los pies de los caballos, ha revelado su ser más profundo y le ha elevado varios puestos en el top ten de la estulticia.

Lo que hacen los políticos, y también lo que dicen, influye en las vidas y haciendas de los contribuyentes para bien o para mal. Por lo tanto su afán por convencernos de que una cosa es lo que farfulla mister Hyde y otra lo que propaga el doctor Jekyll es sencillamente una tomadura de pelo. Este trastorno de la personalidad tan extendido entre la clase dirigente está dando lugar a episodios realmente hilarantes, como el protagonizado por esa lumbrera que preside la Comunidad de Madrid y que responde al nombre de Isabel Díaz Ayuso. Insatisfecha con el lugar que ocupa en el hit parade del hazmerreír patrio, la política del PP osó afirmar, contra los razonamientos empíricos de expertos de todas las disciplinas imaginables y pasándose por el arco del triunfo cuantos informes, estudios y estadísticas han sido elaborados a lo largo de los últimos años, que la contaminación es inocua. Vamos, que no mata a nadie.

Al poco rato de oficializarse la sandez y mientras el Congreso daba el pistoletazo de salida a la Legislatura más rara de la historia, la lideresa, en vez de templara gaitas cuando pudo hacerlo, o de sostenella y no enmendalla, defendió su irresponsable criterio argumentado que solo había expresado una opinión personal y calificó de anécdota periodística el escándalo que produjo el hecho de que la principal gestora de un autonomía cuya capital soporta graves problema ambientales negara la evidencia.

Es como el fenómeno de la bilocación, solo que los afortunados en vez de tener la capacidad de estar en dos lugares simultáneamente se creen en posesión de la prerrogativa de decir cosas diferentes según vistan el traje de faena o el de calle al amparo de la privacidad de sus calzoncillos o bragas, según se trate. Nada que ver con el «donde digo Diego» de uso tan extendido. Que una cosa, por inusual que sea, es rectificar, y otra bien distinta alardear de bipolaridad. Le ocurrió también al mudable nuevo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cuando se contradijo en un pis-pas sobre la existencia de un delito de rebelión en Cataluña. Menos mal que estaba al quite su vicepresidenta Carmen Calvo. Para abrirnos los ojos y zanjar la cuestión aseveró que no es lo mismo que se asegure que hay rebelión si se es líder de la oposición que si se ocupa la parte frontal de la mesa del Consejo de Ministros. Y se quedó tan ancha como Díaz Ayuso.

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