Groserías

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHay algo de grosero, o de grotesco, según se mire, en el hecho de que Pedro Sánchez quiera como fiscal general del Estado a la que hasta aquí había sido ministra de Justicia. No sé. Que en medio de los impostados esfuerzos pedagógicos que se hacen desde la Administración –la recientemente alumbrada y otras de distinta adscripción ideológica– para vendernos la milonga de que el ministerio público actúa con total independencia del Ejecutivo y de las campañas teóricas que se llevan a cabo para despolitizar el ramo, el presidente del Gobierno haya decidió sacar a Dolores Delgado de la mesa del Consejo para sentarla en la cúspide de la Fiscalía se antoja un salto en el vacío que el tiempo y sus circunstancias pondrán en el lugar que corresponda.

Pero de momento, con el reparto de carteras ya consumado y con la certeza de que dentro del ejército de Pancho Villa hay al menos un elemento, el titular de Universidades Manuel Castells, que va dar muchos minutos de gloria al chafardeo, habrá que convenir en que elevar a las más altas cotas del negociado a una persona que tiene en su haber un pasado marcado políticamente por unas turbulentas relaciones todavía no suficientemente aclaradas con el excomisario de las cloacas nacionales José Manuel Villarejo, actualmente en prisión, resulta, cuando menos, poco edificante. Sobre todo si descartamos la posibilidad de que Delgado haya sido removida del cargo para que Pablo Iglesias, que pidió con esa prosopopeya que lo hace tan repelente su dimisión tras conocerse las reuniones con el expolicía, en las que el lenguaje empleado por la susodicha era tan barriobajero como de alto voltaje, se note más cómodo en su poltrona de vicepresidente sin vecinos indeseables a tiro de cerbatana .

Parece que la incomodidad, esa que hace que uno se revuelva en el asiento, va ser la tónica dominante de una legislatura incierta. Y no solo por las iniciativas de un Gobierno que, hay que repetirlo dada la sobreactuación de la derecha y la extrema diestra, goza de toda la legalidad y la legitimidad requeridas. Tampoco por la batalla campal que se avecina en las instituciones y en la que, como suele, la primera víctima va a ser la verdad. El desasosiego deriva también de circunstancias que podríamos considerar baladíes si no fuera porque venimos de donde venimos y hemos pasado por lo que hemos pasado. Qué le vamos a hacer. Es como ese chirrido que pone la carne de gallina cuando uno rasca la pizarra con las uñas.

Dentera, lo llama el diccionario. Y sobreviene ante sucedidos grotescos o groseros, depende, no por sabidos menos estrepitosos, como que los dos principales mandamases de Podemos, Iglesias y su cónyuge Irene Montero, y viceversa, formen tándem en el Consejo del Ministros. Cosa a la que, huelga decirlo, tienen todo el derecho del mundo porque gozan de la legitimidad de los elegidos democráticamente. Pero qué quieren: uno no puede evitar tener la sensación de que ambos, a los que les llueve sobre mojado desde hace años, se han constituido en empresa familiar y que de un momento a otro promoverán la venta de camisetas en los jardines de la Moncloa con sus efigies sobreimpresas. Algo parecido ocurre con Meritxell Batet, que comparte hemiciclo, ella desde la Presidencia del Congreso y él desde el escaño de ministro de Justicia, con su novio Juan Carlos Campo Moreno.

Serán normales y cabales, y legítimas y pertinentes. Pero estas relaciones de parentesco alimentadas al calor del erario son, siendo generosos, un poco sonrojantes y un mucho incomprensibles para quienes aspiran a vivir con los menos sobresaltos posibles.

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