Ábalos, ese emérito bisoño

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHay infinidad de cosas que incluso en este manicomio que llamamos España un político no debería permitirse. Una de ellas es la mentira, cosa fea por donde la mires aunque la fuerza de la costumbre la haya convertido en un argumentario frecuentado por tirios y troyanos y acatado por los ciudadanos con el fatalismo de quien sospecha que esto no tiene remedio. La otra, dentro del amplio catálogo de sucedidos que haría inviable la permanencia durante más de diez minutos de determinados sujetos en la vida pública en condiciones, digamos, de normalidad democrática, es la contradicción a la que se recurre como si de un placebo se tratara.

Lo acabamos de ver en el proceloso asunto protagonizado, tal vez a su pesar, por el ministro de Transporte, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, a propósito de su misterioso encuentro en Barajas con la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, que tiene prohibido pisar suelo de la Unión Europea en razón a las sanciones impuestas al Gobierno de Maduro. Desde que estalló el asunto, convenientemente alimentado por una oposición que tira con bala en cuanto ve un diana susceptible de ayudarle a llevarse el osito de peluche, el también secretario de Organización del PSOE, y tras él todo su partido con Pedro Sánchez a la cabeza, ha andado errabundo por los caminos del titubeo y la imprecisión que no llevan sino a la confusión y, de ahí, a la sospecha de que algo huele a podrido en Dinamarca.

Eso de reunirse sin reunirse a horas intempestivas con nadie en ninguna parte para hacerle un favor al ministro de Interior Grande-Marlaska, que, dijo, le había pedido que ya que tenía que acercarse al aeropuerto para saludar a su amigo, el ministro de Turismo del país caribeño, aprovechara para decirle a la mandataria bolivariana que, oiga, de pisar suelo patrio nada de nada, parecía, ya desde el inicio del contencioso, un pelín forzado. Sonaba como «ya que bajas al bar sube del colmado cuarto y mitad de chóped y dos cabezas de ajos». O así. El caso es que cuanto más intentaba el dirigente socialista deshacer el entuerto, si es que lo era, más se iba metiendo en las arenas movedizas del ridículo. Algo que, por otro lado, también figura en el decálogo de trampas en las que los servidores públicos tendrían que evitar a toda costa caer.

Ábalos ha pisado en unos pocos días más charcos que un vecino de la costa mediterránea durante la borrasca Gloria. Además de las imprecisiones y vaivenes que han permitido a la derecha disfrutar como un chiquillo con zapatos nuevos mientras organizaba el patriótico recibimiento al presidente venezolano bis, Juan Guaidó, y del numerito montado por los expresidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, y de la presunción por ende de haber faltado a la verdad, ha incurrido en otros dos «delitos» políticos que aunque inocuos por estos pagos dada nuestra particular idiosincrasia, deberían haber sido más y mejor valorados.

De un lado, la soberbia que, al hilo de la denuncia primigenia y de las inevitables peticiones de dimisión de los siempre sobreactuantes Casado, Arrinadas y Abascal, le llevó a asegurar que había llegado al negocio de la política «para quedarme y no me echa nadie». O sea, una chulería de matón de discoteca con tatuaje de la Legión en el pecho, cadena dorada al cuello y, en las falanges de los dedos «nasío pa matar». De otro lado, la bisoñez que le hizo pasar el mal trago, si es que ha pasado, con toda la pena y ninguna gloria. En fin, que cuando dijo que estaba amarrado a la cosa orgánica y pública desde hace casi cuarenta y cinco años se le olvidó pedir disculpas al respetable por haber aprendido tan poco en tanto tiempo.

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