Bajar el balón

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoComo manda la tradición, a raíz de los últimos desastres naturales y con la presión de la evidencia de que el cambio climático solo es una falsedad para un reducido número de mentecatos que, eso sí, influyen y condicionan las medidas a tomar contra lo que cada día que pasa parece más irreparable, no paramos de escuchar por parte de los políticos aparentemente más concienciados con el problema solemnes declaraciones de intenciones y rimbombantes anuncios de ungüentos amarillos de aplicación inmediata.

Igual que siempre tras la catástrofe, se suceden la creación de comisiones de investigación; la habilitaciones de planes de contingencia; la organización de foros de debate en formato charlas, jornadas, simposios y congresos; el nombramientos de reputados científicos, para tal o cual programa de salvación, que llevan lustros alertando de lo que algunos acaban de descubrir nada más descender de la inopia; los análisis lacrimógenos efectuados junto a los restos mortales de media docena de atunes arrastrados al devastado paseo marítimo por la pertinaz borrasca; las reuniones de miembros de comisiones sectoriales, territoriales, temáticas, etcétera, paridas a la luz del último relámpago; las promesas de que ahora sí, oiga: esto va a cambiar y para ello hasta se plantean hincarle el diente a la voraz ocupación del litoral marítimo, cuyos daños se cuentan por millones que son reglamentariamente reclamados a las administraciones correspondientes a sabiendas de que la próxima tormenta, a lo mejor en un par de meses, convertirá el esfuerzo económico en un fiasco.

Y en un alarde de excelencia democrática se amplía a la participación ciudadana de las zonas afectadas la búsqueda de remedios mediante la apertura de una web, por ejemplo, en la que podrán aportar su experiencia en la retirada de barro del comedor de su vivienda, dañada de nuevo por la riada porque, quizá, aquel meandro del encauzamiento del río que amenazaba desde hace años con venirse abajo a la primera acometida de las aguas no había sido reparado por la Confederación Hidrográfica correspondiente pese a las denuncias de los ribereños.

Se declara la emergencia climática frente a aberraciones urbanísticas que tanto contribuyen a amplificar los destrozos. Se repiten las visitas de presidentes y ministros, de conselleres y directores generales, de secretarios autonómicos de Territorio, Turismo, Economía, Hacienda y Agricultura cuyos negociados han alargado kilométricamente sus nombres para que quepa el término «sostenible». Y lo hacen aposentados con gesto contrito sobe espigones que no deberían estar ahí porque los técnicos ya anunciaron con datos concluyentes que la construcción, imprescindible para el puerto deportivo que habría de reportar pingües beneficios al municipio y votos a su primera autoridad, afectaría a las corrientes marinas y a los aportes de arena que ahora, mira tú, se ha llevado el mar reclamando lo que es suyo.

Es una lástima que teoría falle por la base en medio de semejante movilización institucional que, entre otras cosas, apela a la conciencia cívica como parte de la hipotética solución ya que también contribuye con sus malos hábitos de consumo y su pésima actitud ecológica a la persistencia del problema real. Y la base está en el gesto, el detalle, la cotidianidad que haría más creíble la preocupación de los gestores públicos por el deterioro ambiental. Un somero vistazo al entorno, pero no solo al ya perdido o al que está sentenciado a muerte sino al que tenemos ante nuestras narices, que es el mismo que los grandilocuentes políticos tiene frente a las suyas.

Para muestra, un botón: Entre los matorrales del tramo de carretera que separa Urbanova, en Alicante, de los Arenales del Sol de Elche, junto al humedal de Agua Amarga, se acumulan desde hace más de un año los satinados cartelones publicitarios retirados por los empleados de las empresas contratadas para sustituirlos por otros. Tan evidente foco de contaminación no solo paisajística es un chivato que echa por tierra la voluntad regeneradora de los munícipes encargados de velar por esa parte del territorio, pero también de la conselleria del ramo e incluso de las patrullas policiales que, con frecuencia, transitan dicho vial sin, aparentemente, percatarse del desaguisado.

Sería fácil sancionar a la firma que pega los carteles o, subsidiariamente, al anunciante aplicando aquello tan añejo de «Prohibido fijar carteles. Responsable, la empresa anunciadora», pero es mucho más sencillo el postureo y la verborrea en el tremendo acto de hacer votos por la salvación del Planeta, cámara y micrófono mediante. El cual, por otro lado, no necesita a nadie que le salve porque seguirá ahí mucho después de que nosotros hayamos acabado de inmolarnos.

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